SOBRE LAS DISCUSIONES Y LOS CONFLICTOS EN LAS RELACIONES
 
La realidad es única, pero se puede contemplar desde diferentes perspectivas: un mismo objeto aparece de manera distinta según sea el ángulo desde el que te acercas a él. Si dos personas lo contemplan desde el mismo ángulo han de percibir exactamente lo mismo; a no ser que una de las dos, o ambas, sufran alguna distorsión en su capacidad de ver.
 
En este Trabajo, decimos que la principal distorsión la produce el personaje porque, para el personaje, lo importante no es lo que sucede sino cómo está quedando él en esta situación. Lo importante para el personaje es que los demás le reconozcan una especial capacidad para decidir lo que es más conveniente. Y no cuesta mucho de ver que esta exigencia produce de inmediato el conflicto; porque para que uno “tenga razón” ha de desautorizar o menoscabar la opinión del otro. Y el personaje del otro nunca está dispuesto a quedar como menos listo o menos capaz.
 
Entonces, aunque externamente puede parecer que se está hablando sobre el tema inicial, en realidad, la discusión se traslada al plano de ver quién gana o pierde. La mente se dedica a buscar argumentos para contradecir los que plantea el contrario; y el primero que se queda sin argumentos es el perdedor. Con independencia de si los argumentos del otro son acertados o no. Pero a veces, a falta de argumentos, se utiliza la fuerza: el que más grita es el que gana; o el chantaje emocional: gana el que puede soportar más tiempo el silencio y las malas caras del otro.
 
 Los personajes que se apoyan en la razón, vencen por medio de la argumentación: dejando sin palabras al otro; los que se apoyan en la fuerza vencen mediante el enfado: dejando acobardado al otro; y los que se apoyan en la emocionalidad vencen gracias al malhumor: dejando desamparado al otro. O sea que el personaje “razonable” no está especialmente preparado para ver la realidad, sólo lo está para fabricar argumentos que refuerzan su posición personal.
 
El personaje “listo” utiliza “sus ideas” para diferenciarse de los demás, para darse importancia: “yo, que pienso de esta manera, soy superior a los que piensan como todo el mundo” y  miran a los demás por encima del hombro al tiempo que pretenden convencerlos o más bien “convertirlos”. Claro, los demás se sienten tratados de inferiores y se ponen instintivamente en contra.
 
A veces se establece una situación de conflicto permanente basado en la falta de seguridad de ambas partes. Toda circunstancia que requiere una decisión, se transforma de inmediato en un episodio más de esta batalla permanente por salir triunfante sobre el otro. Hay quien no puede definir su posición hasta conocer el criterio del “enemigo”, condición indispensable para llevarle la contraria. Nadie se preocupa por la verdad; ni por convencer al otro; lo único que importa es imponer su voluntad.
 
Cuando la gente reclama “respeto” por su opinión significa que, en la práctica, han renunciado a ver la verdad y sólo están interesados en que no se les contradiga. Y lo mismo sucede con los que piden “libertad”; es decir: el derecho a hacer lo que consideren conveniente a pesar de que el otro no esté de acuerdo con su enfoque. 
 
Este es el mundo del personaje; y en este mundo, como hemos dicho, el desacuerdo es inevitable e irresoluble: el que tiene más poder es el que gana las discusiones: vence pero no convence. Y el que pierde, alimenta el rencor y la insatisfacción; desiste, pero no vive como suya la decisión que se ha tomado. Es inútil querer arreglar esto.
 
Veamos lo que sucede cuando la visión no está enturbiada por el personaje; es decir cuando contemplamos la realidad despiertos.
 
Como ya somos consciente de ser, no tenemos un especial interés en “tener razón”, porque no necesitamos que nadie nos reconozca nuestra capacidad de ver; ya nos la reconocemos nosotros mismos. Y si el otro es un ser humano, también se la reconocemos a él. Nuestro interés está en comprender lo que sucede fuera para tomar la decisión más adecuada; y cuatro ojos ven más que dos.
 
Cada uno de nosotros ha ejercitado su capacidad de ver en terrenos distintos; por ello dispone de una especial autoridad en ciertos ámbitos de la existencia. Si el tema a decidir corresponde a uno de estos ámbitos, es lógico que el experimentado informe al otro de lo que sabe y que el otro escuche con atención la información y conocimientos que le está aportando. Esto no significa que el especialista pueda decidir por sí sólo porque, si es un buen especialista, hará que el otro capte por si mismo lo que él ya percibe. Y a menudo, los legos en determinada materia, vislumbran algo que se le escapa al que se pasa el día sobre el terreno. En este caso, el especialista, agradece la aportación o el interrogante que le presenta el otro, porque incrementa su visión de la realidad. Al final, la decisión se toma de común acuerdo, porque los dos comparten una visión de la realidad que se han enriquecido mutuamente.
 
Asimismo, cada uno suele tener una especial sensibilidad en un determinado potencial que ha actualizado más que otros. Uno de los integrantes de la relación constata más fácilmente ciertos aspectos de la realidad de tipo teórico; y el otro vislumbra otros factores de tipo emocional o práctico. En este caso, las diferentes visiones de la realidad se suman; no hay motivo alguno para el conflicto, porque la visión global revela la complementariedad de la percepción de cada uno. La persona que está despierta se sabe limitada y busca siempre añadir información a su propia percepción: sabe que la verdad es lo que él ve, más lo que ve el otro, más otros factores que ni el uno ni el otro alcanzan a vislumbrar. Y todo eso transcurre de un modo fluido, casi imperceptible: la diferencia, es fértil para todos los interesados, nunca se transforma en conflicto.
 
 Pero veamos también cómo transcurren los acontecimientos cuando uno de los dos está despierto y el otro dormido:
 
Cuando se relacionan personas cuyo nivel de conciencia es desigual, el responsable de la relación es siempre la persona más desarrollada. Esta persona más desarrollada ha de resistir la tentación de señalar constantemente las limitaciones del otro, por obvias que sean. Justo tiene que hacer lo contrario: procurar reforzar al otro para que incremente progresivamente la confianza en si mismo, de manera que no necesite apoyarse en  “tener razón” para no sentirse inferior.
 
Pero ¿qué hay que hacer en caso de desacuerdo?, ¿qué decisión hay que tomar? Pues si el desacuerdo es leve, si sólo es una cuestión de matiz o si el asunto tiene poca trascendencia, siempre hay que optar por la fórmula que plantea la persona que está menos desarrollada; porque tomar decisiones es lo que le permite actualizar su potencial y crecer personalmente. En este caso, la persona más consciente, habiendo dado previamente su parecer, opta por abstenerse y apoyar al otro.
 
No obstante, cuando la decisión es importante y, sobre todo, cuando afecta a terceras personas, el más consciente tiene que hacer que su visión prevalezca, procurando explicarla y justificarla. Porque si ve que el otro está equivocado, “darle la razón”es dimitir de la responsabilidad que uno tiene. En este caso, la comodidad o la paz están reñidas con la conciencia. Si para evitar enfrentamientos, dejamos que el otro se adentre en un terreno por el que nosotros no estamos dispuestos a seguirle, lo mejor es dejarlo bien claro desde buen principio. Y el mensaje tiene que ser claro y diáfano, para evitar malentendidos y sorpresas.
 
Está claro que todos tenemos momentos en los que estamos más o menos conscientes; o sea que, en una relación normal, difícilmente nos podremos ubicar siempre en la misma posición: A veces seremos nosotros los más conscientes, a veces lo será el otro; y a menudo deberemos aplazar la discusión para cuando ambos estemos en condiciones de hablar del problema en lugar de dejar que el negocio lo lleven los personajes. También es subjetiva la percepción de si un asunto tiene mayor o menos importancia. O sea que este texto no es una guía a la que podamos recurrir en caso de conflicto. Sirve tan sólo para ayudarnos a reflexionar un poco al respecto.
 
Quede claro que esto se refiere a las decisiones que hay que tomar en los asuntos colectivos. En los que afectan a cada persona, de forma individual, el otro no tiene porque meterse a no ser que sea consultado. Y en este caso, no puede pretender que su opinión se convierta en ley.   

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>