LA DESPEDIDA DE UN SER QUERIDO
Publicado por Carlos Ribot

Cuando me pidió Miquel  hace ya tres semanas que escribiera algo sobre la despedida de mi hermana Mar, me pareció tarea fácil, pero he ido posponiéndolo, sin saber muy bien por qué. La gente me pregunta qué tal estoy muy a menudo. Necesariamente les contesto que bien, porque es así. Pero ese retraso significa que hay algo más. Querer hablar de la muerte de un ser querido siempre es difícil. El yo ideal también quiere estar presente: el artículo tiene que ser el mejor del mundo. Jeje, siempre el personaje de por  medio.
 
Ha sido muy duro, muy doloroso. Hace cuatro meses que ella me dijo que tenía algún síntoma, hablando tranquilamente en un bar; hace menos de tres meses que le diagnosticaron de cáncer. 60 años son muy pocos hoy en día; prácticamente queda una tercera parte de la vida por vivir. Antes, y todavía ahora, pienso que es injusto, que la vida ha sido injusta en este caso. Pero quién sabe de justicia y de injusticia.
 
El día de su funeral, un sabio amigo me dijo que no era el momento de pensar en nosotros, en nuestro dolor, sino en ella. Por la tarde, en el cementerio, pensaba leer esa famosa elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé, de la que tanto me había acordado y tan bien definía mi sentir de estos días: “Tanto dolor se agolpa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”.  Pero gracias a él me dí cuenta de que el momento del dolor había pasado, y que ahora era el momento del adiós. Mi otra hermana no lo entendía así, y lanzó un grito de desesperanza al aire. Conté un cuentecito que habla de que el morir es como un barco que se va alejando desde una orilla, hasta que se le deja de ver; en ese momento, se va aproximando a la otra orilla del océano, y otros que no sabemos le están esperando y recibiendo.
 
En este proceso me he quedado con una profunda paz y serenidad. Vosotros me habéis ayudado mucho, desde El retiro de Oseira, todos vosotros con los que he compartido y sigo compartiendo una experiencia humana y espiritual de unión con lo Superior, que me hace sentir como estoy ahora. Ha dado la casualidad de que todo se precipitó dos semanas después, también compartiendo con vosotros durante el Seminario del Evangelio, en el Monasterio de Dueñas. Allí, cuando ya sabía lo que iba a suceder, Jordi me dijo que me mantuviera centrado y de esta manera iba a poder ser una referencia para los que me necesitaran. Así lo hice.
 
Del otro lado del dolor, ha sido la experiencia del cariño. Me he sentido muy libre, he dicho en cada momento lo que me ha parecido, lo que en otras ocasiones callas, por parecer fuera de lugar o demasiado espiritual, ahora me sentía con la fuerza y la autoridad de comunicarlo. He dicho a la gente que nos venía a ver, a muchas ni las conocía, que hay cosas invisibles que no por ello son menos reales, y que se estaban haciendo presentes en ese aquí y ahora: el cariño y el amor de la gente. Me comentaron que habían ido a verla incluso compañeros que no se llevaban bien con   ella: ¿Hay mejor señal  que ésta de lo que estoy diciendo? Todavía puede haber quien piense que lo hacían por quedar bien. Pero allí se manifestó, se veía, el amor de la gente. Eso me llevo. Ya no hay nadie que me pueda decir que no somos, porque hasta después de morir mi hermana convocaba a gente en el Amor que somos. Y me dio a mí la fuerza y la claridad de pregonarlo a todos los que aparecían por allí.
 
Perder a un ser querido es perder algo de tí mismo, porque con ella se ha ido una parte de mí; todo lo que hemos compartido, disfrutado y reñido juntos, se  materializa de alguna manera, y lo he perdido ahora. La sensación que vivo es la de una silla vacía. Me imagino alrededor de una mesa, y hay alguien que falta. Pero a la vez hay un adiós definitivo.


Cuando volví al trabajo todo el mundo quería consolarme, la gente no sabía qué cara poner, y a mí me hacía gracia y a la vez sentía que tenía que poner cara de tristeza, para estar de alguna  manera en sintonía con el otro. Pero no, no la ponía porque estoy en paz. A todos les contesto igual: He llorado muchas lágrimas, todavía me quedan algunas, pero le he dado todo el amor que he podido, hasta el final.
 
Me quedo con esto, yo lo llamo el milagro de Mar.

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