A LA ESPIRITUALIDAD DESDE LA RAZÓN
Publicado por Jordi Sapés

Nadie discute la importancia que ha tenido el pensamiento racional y el desarrollo de la ciencia en la evolución de la humanidad. Otra cosa es que podamos seguir manteniendo la idea de que estos factores, por sí solos, nos conducirán al incremento de la conciencia y a la felicidad. 

Desde la Revolución Francesa el pensamiento filosófico no solo se había considerado capaz de explicar todos los fenómenos sociales sino que presentaba los periodos turbulentos de la historia como una transición entre un nivel de desarrollo agotado y otro superior.

Algunos autores reflejaban en su obra una cierta angustia, producto de una sensación de vacío interior, pero sus argumentos se consideraban ajenos a las preocupaciones de la gente normal que se dedicaba  a prosperar económicamente y a proporcionar educación a sus hijos para que pudieran continuar prosperando.

Pero esta imagen de una humanidad caminando hacia el bienestar y la felicidad cayó estrepitosamente el día en que los aliados entraron en Auschwitz. Los campos de concentración de la Alemania nazi desvelaron un exterminio masivo de seres humanos que no solo se había realizado con métodos y criterios industriales sino que incluso reciclaba los restos humanos que se podían aprovechar. Claro, a esto no se le podía llamar “progreso”, ni se podía explicar racionalmente; así que no se explicó: nos limitamos a quedarnos horrorizados y a gritar muy alto que no volvería a suceder.

La ideología del progreso y la evolución social persistió unos años más en los países del Este mientras Occidente se dedicaba a reemplazar el pensamiento por la técnica; pero ambos modelos acabaron apostando por la automatización y la burocracia y la carrera armamentista inclinó la balanza a favor de la parte tecnológicamente más avanzada. Así acabó derrotada de un modo definitivo la idea de que la humanidad podía avanzar apoyándose en el trabajo y el esfuerzo colectivo. Algunos se sintieron muy satisfechos por la caída de una ideología que apoyaba el ateísmo sin advertir que con ella desaparecía también el humanismo. Porque el desarrollo económico como único objetivo pasó a convertir al individuo en un engranaje más de la tecnocracia económica.

Las personas y sus problemas han dejado de importar, lo único relevante es el crecimiento en términos globales; el desarrollo de la conciencia ha dejado paso al consumismo y la publicidad ha reemplazado a las ideas. Y todo esto a costa del sufrimiento de miles de personas que continúan llevando una vida llena de privaciones y humillaciones. Inicialmente esta gente estaba situada en los llamados países del tercer mundo y nos permitíamos el lujo de ignorarla, pero a estas masas que se agolpan desesperadas en nuestras fronteras se añade cada vez más gente de nuestro propio entorno. La técnica no necesita al hombre, va dejando gente en la cuneta, sin medios de subsistencia o con salarios cada vez más bajos; para el sistema, que haya tanta gente y viva cada vez más tiempo representa un problema.

Y aquello que no tenía que volver a pasar, Auschwitz, se está reproduciendo en las aguas del Mediterráneo y en las vallas que se levantan en las fronteras de los países desarrollados. Ahora dejamos que los marginados se ahoguen en el mar y nos encerramos a nosotros mismos detrás de estas vallas; pretendemos así desentendernos de los que están sufriendo: que no nos molesten, que no alteren el sopor profundo en el que hemos caído.

Este fracaso de la técnica ha provocado que algunos se vuelvan de nuevo hacia la espiritualidad pero es una espiritualidad que hace las veces de refugio personal y promueve una huida hacia dentro. De hecho intenta mantener la utopía trasladándola del terreno material al metafísico, hablando de un Ser que está fuera del mundo o de un potencial que enaltece al individuo con independencia de cómo lo utilice; incluso en el caso de que no lo utilice. Es una forma de soñar despierto que al sistema ya le va bien, porque no se entromete en la vida ordinaria ni se preocupa por el colectivo. 

Claro que esta clase de espiritualidad es preferible al fundamentalismo religioso que reparte condenas por doquier o se propone lisa y llanamente destruir, a base de bombazos, una sociedad que considera degenerada. Lo cierto es que, en estos momentos, el único horizonte que contempla buena parte de la población mundial es la precariedad o la ruina total; y no es de extrañar que algunos decidan llevarse por delante a unos cuantos representantes de este sistema que los está desahuciando. La religión tiene poco o nada que ver con esto pero, en determinados ambientes, reemplaza las alternativas de orientación marxista que habían despertado cierta ilusión y esperanza. Su fracaso ha dado paso al nihilismo más absoluto.

Hace pocos meses, en una manifestación de este nihilismo, un yihadista asesinó en Francia a un sacerdote anciano; pero el Papa Francisco no solo se negó a relacionar el Islam con la violencia sino que dijo: “Sé que es peligroso decir esto pero el terrorismo crece cuando no hay otra opción y cuando el dinero se transforma en un dios que, en lugar de la persona, es puesto en el centro de la economía mundial. Esa es la primera forma de terrorismo. Ese es un terrorismo básico en contra de toda la humanidad”.

Muchos consideran a este Papa un accidente, una excepción que no va a tener continuidad. Nosotros pensamos que en el seno de la Iglesia ha aparecido una luz que tenemos que cuidar, acompañar y reforzar. Porque este Papa se limita a decir en voz alta lo que predica el Evangelio; así que, si al final resulta ser una excepción, es que el problema es muy gordo.

Recordemos qué dice el Evangelio:

“Entonces dirá a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y él les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.”

Nuestro planteamiento resalta la doble naturaleza del hombre: esencial y existencial. La esencia nos hace a todos lo mismo y la existencia nos hace a cada uno distinto. Si no fuéramos iguales, no nos entenderíamos ni podríamos trabajar juntos de cara al futuro; pero si no fuéramos distintos tampoco tendríamos nada que decirnos. Así que ser uno mismo implica tener algo que decir, en vez de seguirle la corriente al sistema; y cuando un ser humano tiene algo que decir y se sale del guión establecido sus actos resultan impredecibles. En esto reside la esperanza de superar esta situación actual de bloqueo y regresión que estamos padeciendo.

No estamos en contra del progreso científico-técnico ni de la experiencia mística capaz de proporcionar una felicidad imposible de vivir en este plano material, pero si “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” fue para enseñarnos a atender a las personas concretas que tenemos al lado, aunque sea con un amor más pequeño, menos espectacular. Porque cada ser humano concreto, representa en su realidad personal toda la esencia que es y toda la exclusividad con la que existe. ¿Y dónde hemos encontrado siempre indicaciones en este sentido?, en las palabras de Jesús en el Evangelio.

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