LOS ESTÍMULOS EN EL TRABAJO; CONTACTO Y EVOLUCIÓN
Publicado por Jordi Calm

Normalmente, suele haber dos grandes motivos para empezar a hacer el Trabajo, por una parte hay personas que en algún momento han visto su vida sacudida por un hecho más o menos extraordinario, que puede ser tanto una alguna experiencia directa con otros niveles de conciencia como también algo más “terrenal”, por ejemplo la pérdida de alguien querido. En el otro extremo están también aquellas personas que, sin que haya sucedido nada especialmente relevante, el simple contacto cotidiano con la realidad genera en ellos un ruido interior, a veces eco de problemas más o menos constatables y a veces no,que les está diciendo, y ellos son capaces de entenderlo, que en esta vida ha de haber algo más de lo que están habitualmente manejando, y que es necesario buscar de alguna manera este algo más.

En cualquier caso, se produce una reacción ante una realidad que nos muestra un estímulo, tenga la naturaleza que tenga, que nos exige una respuesta y una actuación determinada. A medida que vamos haciendo el Trabajo, podemos observar que este carácter reactivo inicial va dando paso a un cambio de actitud muy significativa, y no porque los estímulos que nos llevaron al Trabajo cambien sustancialmente, sino porque cambia nuestro papel en ellos.

Por una parte, este contacto con niveles superiores de conciencia que, en un principio, se pudo presentar de forma abrupta, una vez iniciado el Trabajo rara vez volverá  a presentarse como un evento inesperado, ya que  es algo a lo que dedicamos un tiempo y un esfuerzo, que empieza en el mismo ejercicio de despertar y que sigue con el centramiento, o en el retiro en Oseira. Entonces, y sin tener el control en el nivel de la respuesta que obtenemos, ya somos nosotros lo que vamos al encuentro, y además con un dominio creciente en nuestra capacidad de interacción con estos niveles.

Y, en cuanto al contacto con la realidad cotidiana, el simple paso de un personaje quejoso y victimista a la asunción de un yo-experiencia, sea en el grado que sea, tiene el efecto de transformar la percepción que tenemos de este contacto, y de sus roces. En el artículo de septiembre que se publicó en este mismo apartado hablaba de forma más extensa sobre este punto, y al final proponía que podíamos interpretar algunas de las dificultades que vivíamos como los pellizcos que, en otro nivel, y en tanto partícipes de la conciencia de Dios, nos dábamos a nosotros mismos para despertar y que en ese momento percibíamos, al igual que cuando alguien nos toca mientras dormimos, como motivo de perturbación.

Quisiera destacar la curiosa relación que establecemos con estos dos, podríamos llamarlo así, focos de motivación, porque si bien se nos muestran como algo muy parecido a una escalera sin fin, en la que siempre encontramos un escalón más a dar, estos pasos generan una vivencia que, aunque sea a tramos discontinuos, cada vez se aleja más de la angustia inicial, o de la fatiga de los primeros meses, o años. Blay, en sus cursos de profundización, cuando describía un nivel superior de conciencia siempre mencionaba que llegar ahí era la puerta de acceso a otros niveles, a otras expansiones cada vez más profundas. En cuanto a los “problemas”, o a los “estímulos”, o al “pan nuestro de cada día”, según seamos capaces de ver, es bien verdad que nunca dejan de existir, ni siquiera disminuye su intensidad, pero sí que me parece que todos podemos llegar a afirmar que su percepción, tratamiento y resolución son objeto de una transformación evidente, que va evolucionando de la mano de nuestro desarrollo interior.

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