LAS FRONTERAS EN EL TRABAJO
Por Jordi Calm

Todas las personas que emprenden el Trabajo se encuentran, ya desde el primer momento, con que éste les plantea traspasar algunas fronteras que, en el nivel de conciencia del que parten, parecen imposibles de cruzar. El simple hecho de despertar, de descubrir que hay, además dentro de nosotros, un espacio interior desde el cual todo es y se vive de forma distinta, ya es para el neófito algo más parecido a la alquimia que a la ciencia, aunque la experiencia, más pronto que tarde le da fe de esta realidad.

Adjetivos como “sorprendente”,  “increíble”, o“alucinante” suelen utilizarse varias veces en los primeros diarios, hasta que la constatación de que aquello es, y de que nosotros somos, algo real y accesible cada vez que nos prestamos atención, hace que estos adjetivos den paso a otras expresiones como “natural”, “auténtico”, “soy yo”, y similares.

Un paso más en esta dinámica suele darse cuando este nivel de conciencia se pone a prueba en determinadas situaciones más “complicadas”, como por ejemplo las conversaciones, aquí también se pasa de una declaración de imposibilidad muy manifiesta a un descubrimiento inicial que da paso a una experimentación gozosa y plena en la que la persona se desenvuelve, otra vez, con naturalidad.

Y también en planos más elevados este proceso se repite quizá con tempos más variables pero con los mismos parámetros. Jordi comenta cada año la dialéctica que ha de establecer con muchas personas que le manifiestan sus grandes reticencias para ir a Oseira y para contactar con un mundo, el religioso, con el que tienen no pocos reparos, o incluso una animadversión a veces rayana en la urticaria. Y, aquí también, el paso por este monasterio (iba a decir que curiosamente, pero evidentemente este adjetivo aquí no procede) da lugar, a veces de modo directamente proporcional a las quejas anteriores, a una descripción entusiasta de la experiencia, y a la petición de reserva para el retiro del año siguiente. 

En definitiva, como en aquella imagen de la persona a la que se le traza un círculo de tiza alrededor, se le dice que no puede salir, y no se mueve, la persona en el Trabajo descubre que sí se puede mover, incluso dar un salto con gracia para traspasarlo.

¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? 

La primera es que los parámetros que nos informan de nuestras posibilidades iniciales se revelan imprecisos sea cual sea el nivel en el que estemos, porque no estamos hablando sólo de un personaje que, por definición, es miope y tira a un pesimismo cuya habitualidad durante lustros no le otorga ni un ápice de validez, sino también de una personalidad que da pasos alineada con su esencia, para ella también la primera fase del Trabajo, que podríamos catalogar de descubrimiento, como sobre todo la segunda, cuando se incide de forma concreta en su desarrollo, está plagada de empresas “imposibles” o, bajando un poco el listón cuando empezamos a intuir que hay más cera de la que vemos arder, “muy difíciles”. 

La segunda es que el Trabajo cada vez se nos dibuja como dinámica con entidad y con una sabiduría sobre nosotros mismos que nos trasciende, porque sus directrices e indicaciones resultan ser más fiable que las gafas (o orejeras) que, sepamos o no, llevamos puestas.

Y, la tercera, ésta con un ritmo de maduración más lento, es que el Trabajo se convierte en algo así como el vestido con el cual salimos a la calle/mundo, en la forma no tan sólo de cobijo sino también de expresión y relación con él, la forma a través de la cual somos, y somos cada vez más, en una plenitud que tiene lugar y se manifiesta a través de esta herramienta. Aquí ya no hay dudas, y la constatación de una realidad distinta que ya no nos sorprende es la antesala de un camino decidido y con paso firme esta realidad, porque disponemos de un vehículo  válido para transitarlo. 

Finalmente, para algunos el vestido pasa a ser piel, el Trabajo somos nosotros y nosotros somos el Trabajo, y este concepto de nosotros es cada vez más y más amplio.

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