EL RIGOR EN EL DESPERTAR Y EN LOS DIARIOS
Publicado por Jordi Sapés

Si el Trabajo no incidiera en nuestra conciencia, nos pasaríamos la existencia cazando moscas; dedicándonos a cuestionarnos por un lado y a ensalzarnos por otro, admirando a determinadas personas y criticando a la mayoría, en un vano intento de conseguir un poco de autoestima y seguridad interior.

Por eso tenemos que ser rigurosos y no permitir que el personaje diluya nuestros esfuerzos; porque tener la oportunidad de vivir lo que somos y renunciar a ella para defender un status quo basado en una supuesta debilidad es algo que no tiene calificativo. Y sin embargo esta es la estrategia que siempre ha utilizado el personaje: protestar excusándose en lo mucho que sufre y la cantidad de obligaciones que tiene.

No tenemos más remedio que ser contundentes porque nos enfrentamos a algo que está profundamente enraizado en el subconsciente. Y si no conseguimos superar el vicio de lamentarnos, este camino va a ser otro intento fallido más y una nueva frustración a añadir a las que ya tenemos.Así que una de las obligaciones que tenemos los que dirigimos este Trabajo es hacer lo imposible para no darle al personaje argumentos que le faciliten el sabotaje. Tenemos que ser impecables en las respuestas que damos y recabar que los alumnos actúen con la misma impecabilidad; porque sólo somos maestros en la medida en que la gente que está bajo nuestra tutela cumple las instrucciones que damos. Y rechazamos cualquier clase de admiración que proceda de la estrategia del personaje; cosa que sucede cuando las alabanzas hacia nuestra labor conviven con la idea de que lo que planteamos es de difícil cumplimiento.

Tenemos que aplicar el rigor para enfrentarnos a la idea de que hay miles de motivos que nos impiden despertar. Esta idea presenta el Trabajo como algo extraordinario, algo que supone un esfuerzo que no se puede exigir a una persona normal. El personaje juega a mirar el Trabajo como algo excepcional, cosa que por una parte le permite justificar su renuencia a esforzarse (yo idea) y por otra le otorga el derecho a considerarse por encima de lo ordinario (yo ideal) por el hecho de despertar de tanto en cuando.         

Por eso nuestra lucha se basa en conseguir que, mediante el ejercicio de los despertadores, esto supuestamente tan excepcional, pase a ser ordinario. Y que el hecho de no despertar se convierta en un motivo de preocupación del mismo calibre que supondría una reiterada falta de rigor en la actividad profesional de cada uno. Si alguien nos acusara de falta de rigor profesional nos preocuparíamos de inmediato de una manera activa, no nos refugiaríamos en el lamento y la autocompasión.

También debemos luchar contra la tendencia a buscar circunstancias especiales para experimentar la conciencia; porque la conciencia la necesitamos para la existencia diaria, no para situaciones excepcionales. Y la manera de acrecentar la conciencia en nuestra vida cotidiana es el diario. Si no fuera por el diario, el Trabajo se convertiría rápidamente en una anécdota más de las tantas que habéis registrado en la existencia: cosas de apariencia sublime que no llegaron a concretarse; fenómenos que constituyen la excepción que confirma la regla. Y la regla es que la rutina decide por nosotros, que nos tiene aprisionados; como si la existencia cotidiana no fuera vida y nosotros nos reserváramos para momentos punta.

Insertando profundamente el Trabajo en la vida cotidiana mediante los despertadores y el diario, evitamos que el personaje registre el Trabajo como una tarea más que hay que hacer. Y también que intente administrar y juzgar el Trabajo con sus criterios y en función de sus intereses. Inicialmente el alumno confunde los problemas del personaje con los suyos propios, pero el hecho de registrar los sucesos diarios desde una nueva perspectiva que obliga a mirar sin juzgar, modifica rápidamente la perspectiva que tiene de la existencia al tiempo que se descubre como una realidad per se, independiente de lo que le ocurre.

Y no obstante, es necesario luchar durante mucho tiempo contra la idea de que esto del Trabajo es un lujo que hay que dejar para cuando hayamos atendido todo lo demás. A menudo, después de haber atendido todo lo demás, estamos tan agotados que redactar el diario nos parece una heroicidad.

Aquí viene a cuento la historia de Caín y Abel, que todos conocéis: Abel le ofrecía a Dios el mejor cordero de sus rebaños y su hermano Caín los frutos que había recogido del huerto y estaban un poco tocados. Total que Dios se miraba con mejores ojos a Abel; y Caín cogió celos y lo mató. Esto es lo que puede pasar con el Trabajo si se deja para el último lugar: que no funciona. Pero Dios perdonó a Caín porque de lo contrario nosotros no estaríamos aquí; aunque le obligó a trabajar la tierra.

Se dice que esta historia representa también el conflicto entre las culturas nómadas que se dedicaban al pastoreo, como los judíos, y las de los otros pueblos sedentarios que vivían de la agricultura. Bueno, nosotros pertenecemos a esta segunda porque no somos nómadas sino que cada día contemplamos el mismo panorama, pero tenemos que procurar atender a lo superior cuando estamos más despiertos, no cuando ya no podemos más. Y sobre todo, no decidir que ya lo haremos otro día.

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