EL ENGAÑO DEL BIEN COMO ASPIRACIÓN
Publicado por Jordi Sapés

Nuestra premisa de partida es que nuestra naturaleza esencial está hecha de inteligencia, amor y energía; por lo tanto somos esencialmente buenos. Sólo una información introducida en nuestra mente de una manera artificial puede haber generado en nosotros la idea contraria, la idea de ser personas deficientes, inclinadas al mal y necesitadas de una educación moral que contrarreste esta tendencia. De ahí se deriva la famosa frase: “somos humanos” con la que se pretenden disculpar los errores que cometemos.

Si una persona adulta se equivoca sumando y afirma que dos y dos son cinco, se la corrige rápidamente, nadie aduce que se ha equivocado porque es “humana”; sin embargo, otros errores que tienen consecuencias mucho más nefastas, se miran con tolerancia considerándolos algo inherente a nuestra naturaleza.    

Y claro, cuando consideramos natural la deficiencia, el bien aparece como una aspiración que honra a quien la tiene. La aspiración, no la bondad, porque la bondad se considera el objetivo final de algo que inicialmente solo son buenas intenciones; intenciones que, por el hecho de formar parte del  esquema de valores personal, permite desde el déficit, compararse para bien con aquellos que no la tienen, con aquellos que no son “conscientes” de esta naturaleza “defectuosa”. Aquí aparece el personaje revestido con sus mejores galas: un yo ideal que maneja una espiritualidad que aparece en forma de aspiración, no de realidad; y que, al mismo tiempo que se la plantea, la da por imposible porque “es muy difícil”. 

Que todo esto es un tinglado mental queda de inmediato demostrado por la experiencia del despertar: despiertos todo se percibe como inteligencia, amor y energía en diversas formas que participan de una misma realidad esencial; no hace falta realizar esfuerzo alguno para advertirlo. Y las supuestas virtudes a las que aspira el personaje quedan obsoletas: no es preciso aceptar, comprender o confiar en nada ni nadie porque, de pronto, todas las cosas y todas las personas adquieren sentido, ocupan su lugar dentro del Todo, y juegan el papel inherente a su condición actual. Y esto se consigue con algo tan simple como es despertar: ejercitándolo y convirtiéndolo en el nivel de conciencia habitual. 

Así que no le veo demasiado sentido a querer competir en este mercado de propuestas, promesas, terapias, ejercicios, etc. destinados a proporcionar nuevos materiales al personaje para que pueda seguir soñando despierto y apartándose cada vez más de del fondo. Es posible que este sea un terreno propicio para que muchos consideren la subjetividad como algo que merece atención, puede que sea la antesala que llevará a algunos a realizar un trabajo real de autorrealización. Pero nosotros debemos dejar muy claro que no somos la antesala sino el lugar adecuado para recuperar la conciencia de uno mismo y caminar en la dirección correcta, no debemos tener miedo de proclamar en voz alta que el bien es algo natural, no una aspiración y que nosotros sabemos cómo experimentarlo. 

Está claro que esto va a asustar a todo los que utilizan la espiritualidad como una afición, un complemento y una manera de adornar la prisión en la que se encuentran, pero nuestra voz llamará también la atención de los que están buscando algo real y están hartos de sucedáneos; y además, dejará sin armas a nuestro propio personaje que nos obliga a escondernos cuando estamos entre personas normales. Mal va si no podemos manifestar nuestra experiencia personal hablando con personas normales; significa que el Trabajo sigue siendo algo superestructural, más ideológico que práctico; porque la práctica, lo que hacemos en el mundo, la bondad natural que manifestamos, ha de ser nuestra tarjeta de presentación.

Nosotros hablamos de la realidad para actuar en ella, no estamos aquí para comprender y apoyar presuntas debilidades del ser humano que son artificiales, ni para divulgar maravillas utópicas que supuestamente nos convertirán en superhombres. Estamos aquí para dar luz y poner amor en la cocina, la casa, los hijos, el trabajo y las relaciones: lo sagrado es vivir conforme a nuestra naturaleza, no tener buenas intenciones. 

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