DIOS PONE LOS EJERCICIOS
Por Jordi Sapés

La realidad está hecha de energía, inteligencia y amor. Cuando nuestro desarrollo personal descuida alguno de estos aspectos o se satisface considerando que lo manifiesta en un grado superior al de su entorno, la realidad se encarga rápidamente de desmentirlo presentándose en forma de problema. No tenemos más que mirar que aspectos de la realidad se nos presentan más cuesta arriba para ver las capacidades que necesitamos ejercitar.

Pero esto sucede también cuando, habiendo advertido esta falta de desarrollo, nos proponemos remediarla con nuestra mejor voluntad y nos hacernos el propósito de tratar algunas cosas de una manera distinta de cómo veníamos haciéndolo. La idea suele consistir en hacer pequeñas mejoras, algunos retoques. Pero la respuesta que tiene en cuenta lo que hasta ahora habíamos considerado irrelevante tiene un tenor muy diferente, no puede ser la misma de costumbre convenientemente remozada. Y el hecho de querer mantener la de costumbre, limpiándole la cara, produce más desgracias que beneficios y nos coloca ante la evidencia de que el cambio ha de ser mucho más profundo.

Como dice el refrán: a veces para solucionar algo se ha de estropear del todo, precisamente para que los apaños no sean posibles. Esto es lo que está sucediendo ahora en relación a un problema colectivo: los refugiados de las guerras y del hambre que pretenden entrar en Europa. La avalancha es de tal magnitud que los gobiernos europeos no han dudado en quitarse la careta y proclamar en voz alta que no los quieren; pero esto solo ha servido para desenmascarar su inmoralidad porque la gente continúa llegando y superando todos los obstáculos que se les pone. Es una corriente imparable a la que habrá que dejar de tratar como una cuestión de orden público. En todo caso, el orden público habrá que imponérselo a los ciudadanos europeos que protestan porque se les despierta del letargo en el que están instalados.

La inmoralidad ofrece diferentes formas: colocar tanques en las fronteras, levantar vallas en las mismas, amenazar con confiscar los salarios de los trabajadores en situación ilegal, negarles cobertura sanitaria, permitir que se ahoguen en el mar, dispararles para que no pongan el pie en territorio europeo y devolverles al otro lado si lo han conseguido. Todo esto conculcando la legislación internacional. ¿Quiénes son aquí los ilegales? Esto no solo es ilegal: es inhumano; y sobre todo inútil, porque una legislación que ignora la realidad se cae por sí sola.

¿Y quién se preocupa realmente por el origen del problema? Ya es evidente que las fuerzas del mercado no van a sacar al continente africano de la miseria, solo van a agravarla cada día más. También es evidente que las filas del fundamentalismo islámico se nutren de personas que viven marginadas por el fundamentalismo financiero. La inteligencia y la energía, la razón y la técnica, se están mostrando incapaces de resolver la situación. Falta el amor. Son millones de personas las que reclaman un compromiso con la humanidad que, hoy por hoy, no tenemos.

Ya sé que la excomunión no está de moda, pero igual el Papa debería leerles la cartilla a estos dirigentes europeos que se dicen católicos o protestantes y adoptan estas medidas represivas en vez de atender la situación. Claro que igual sucedería que la mayoría de católicos, encabezados por estos dirigentes, se pondrían de acuerdo y lo excomulgarían a él.

En todo caso, ahí tenemos algo que nadie había previsto y nadie sabe cómo solucionar sin cambiar los esquemas tradicionales. Es un ejercicio que Dios nos pone.

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