DE FIDEL CASTRO A DONALD TRUMP, PASANDO POR LA IGLESIA
Por Jordi Sapés

En mi artículo del mes pasado comentaba que con el desplome de la Unión Soviética había caído también el humanismo: la idea de que la sociedad evoluciona apoyándose en el esfuerzo del ser humano. Me olvidaba de Cuba, de la revolución que hizo posible que un pueblo condenado a ser el burdel de los EEUU se levantara y alcanzara con su esfuerzo la completa alfabetización de sus gentes y la sanidad gratuita para toda la población.
 
Hoy, con motivo de la muerte de Fidel Castro, se debate en los medios de comunicación si debemos resaltar las conquistas sociales de Cuba o el hecho de que se hayan producido en ausencia de democracia. Bien, a lo mejor tenemos que deslindar ambas cuestiones; porque un atropello contra el débil decidido democráticamente tal vez sea más censurable que otro que se adopta para sobrevivir en circunstancias difíciles. Y si el que goza de libertad la utiliza para seguir dificultando la existencia de quien no la tiene, habrá que ver si no está poniendo esta libertad al servicio de intereses nada democráticos, entendiendo por democracia el poder del pueblo.
 
Cuba venía siendo noticia por el intento de su gobierno de proceder a una transición económica y política que EEUU podría facilitar levantando el embargo y autorizando el comercio con la isla. El restablecimiento de relaciones con los EEUU es el primer fruto de un empeño por llegar a un acuerdo en el que ha jugado un papel protagonista la diplomacia vaticana. Así que podemos preguntarnos qué hace el Vaticano en un país que se define comunista: la respuesta es que ambas instancias, la Iglesia y el gobierno cubano, han descubierto que mantienen opiniones parecidas en el ámbito de la economía.

Veamos algunos pasajes del discurso que el Papa Francisco ha hecho recientemente en una reunión con empresarios:         
 
“Desgraciadamente, el tiempo que vivimos ha impuesto el paradigma de la utilidad económica como principio de las relaciones personales. La mentalidad reinante propugna la mayor cantidad de ganancias posibles, a cualquier tipo de costo y de manera inmediata. No sólo provoca la pérdida de la dimensión ética de las empresas sino que olvida que la mejor inversión que se puede realizar es invertir en la gente, en las personas, en sus familias. La mejor inversión es crear oportunidades. La mentalidad reinante pone el flujo de las personas al servicio del flujo de capitales provocando en muchos casos la explotación de los empleados como si fueran objetos a usar y tirar. Dios pedirá cuenta a los esclavistas de nuestros días, y nosotros hemos de hacer todo lo posible para que estas situaciones no se produzcan más. El flujo del capital no puede determinar el flujo y la vida de las personas. 
 
No son pocas las veces que, frente a los planteos de la Doctrina Social de la Iglesia, se salga a cuestionarla diciendo: «Estos pretenden que seamos organizaciones de beneficencia o que transformemos nuestras empresas en instituciones de filantropía». La única pretensión que tiene la Doctrina Social de la Iglesia es velar por la integridad de las personas y de las estructuras sociales. Cada vez que, por diversas razones, ésta se vea amenazada, o reducida a un bien de consumo, la Doctrina Social de la Iglesia será voz profética que nos ayudará a todos a no perdernos en el mar seductor de la ambición.”
 


El primer párrafo constituye una denuncia sin paliativos del sistema basado exclusivamente en el beneficio del capital que utiliza al ser humano como un engranaje más de la máquina de producir riqueza para unos pocos. El segundo confiesa la inutilidad de esta denuncia. Y no porque los empresarios buenos y conscientes no alcancen a contrarrestar una mayoría egoísta y sin entrañas, sino porque el sistema económico excluye a corto plazo del mercado a toda empresa incapaz de aumentar su competitividad  rebajando sus costes. En igualdad de condiciones en relación a los demás factores, el buen empresario que decide repartir beneficios con sus trabajadores se verá de inmediato superado por el que los explota sin piedad. Porque la piedad la deciden las leyes que regulan el mercado laboral y, como podemos ver, la tendencia es a liberalizarlo; es decir a desproteger cada vez más a los que están obligados a poner sus capacidades al servicio de quien tiene los medios para sacarles provecho. Y dicho sea de paso, esta liberalización, sinónimo de desprotección de la gente, se basa en leyes que se deciden democráticamente.
 
La cuestión es si es posible transformar las empresas en instituciones de filantropía o, más que eso, en instituciones al servicio del desarrollo del ser humano, en vez de tener por finalidad exclusiva engordar al capital. Y la respuesta es afirmativa, a condición de que la empresa no sea propiedad del capital sino de los trabajadores y de que no deba competir en un mercado que se rige exclusivamente por el beneficio sino que pueda desarrollarse en el marco de un sistema que tenga por objetivo el progreso de la colectividad como un todo.
 
En este planteamiento se han encontrado la Iglesia y el gobierno cubano. Este último ha visto en el humanismo cristiano una oportunidad para mantener las conquistas sociales al tiempo que favorece una liberalización distinta de la merienda de negros que receta el neoliberalismo.
 
Veremos qué papel jugará Trump en todo esto. De momento parece ser que, en el ámbito económico, pretende ponerle palos a las ruedas de este neoliberalismo que hubiera seguido imparable de haber ganado Clinton. A veces Dios escribe recto con renglones torcidos.  Y si todo acaba siendo demagogia puede que el pueblo no tenga más remedio que despertar.             

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