PARABOLA DE LAS BIENAVENTURANZAS (2)
Hemos dicho que el primer tramo hay que recorrerlo por orden y hemos afirmado que no es posible salir de la mecanicidad si primero no se descubre el error y luego no se aborrece. Dejamos de hacer lo de costumbre porque vemos que la interpretación del mundo en la que basábamos nuestra conducta era errónea; o sea que tenemos razones para abandonar nuestra conducta habitual. Pero es absurdo pretender ahora que se nos den otras razones distintas para obrar en el sentido del bien y la justicia. No es que nuestra mente sea particularmente estúpida y por ello hayamos interpretado mal el mundo, la vida, el universo y a Dios; es que lo absurdo es pretender interpretarlo. Desde abajo no se puede comprender lo de arriba, es una pretensión inútil; para comprender lo de abajo, primero hay que subir arriba y, entonces, se comprenderá. Por lo tanto no podemos pedir razones para justificar un comportamiento dirigido a extender el bien lo máximo posible; el mismo propósito contiene su justificación.
Este cambio de actitud en nuestra relación con el mundo nos lleva a quererlo, a sufrir con él en vez de sufrir por su causa. Una vez superado el error, miramos el mundo con otros ojos; estamos en condiciones de ver el error de los demás y constatar que no es distinto del nuestro: se presenta de otra manera, adopta formas distintas, pero en el fondo de todas ellas está la idea de nulidad y limitación y la sensación de miseria y de incapacidad. Constatar esto desde un nivel de conciencia que lo trasciende, produce el sentimiento de misericordia. La compasión, la misericordia, no es algo que tenga que ser forzado, no es un ejercicio de "bondad" que la personalidad se pueda atribuir, es algo espontáneo que surge de una sensibilidad que nos desborda, de un amor que va en busca de la Totalidad y se detiene, cada vez que hace falta, para integrar todo cuanto encuentra, para reunir lo que algo o alguien ha dispersado y desorientado. Aquí ya no es necesario esforzarse en actuar de forma justa y equitativa, actuamos llevados por el amor y como consecuencia experimentamos este amor.
Se habla mucho de la misericordia de Dios en el sentido de que Dios nos perdonará los pecados aunque no lo merezcamos; y se suele utilizar esta idea para relajar en cierta medida nuestra exigencia personal, en la confianza de que, en última instancia, la misericordia divina hará como si no viera. Todo esto carece de sentido: la misericordia es amor y el amor no tiene nada que perdonar; el amor es unidad y por lo tanto no hay posible separación ni distanciamiento de Dios. No podemos separarnos de lo que somos. Solo hemos de soltar la creencia de ser lo que no somos o la creencia de que debemos cambiar para ser aceptables. Ya somos buenos tal como somos. Somos el Bien, la Bondad.
Y los demás también. Debemos ayudarles a descubrir que ya son buenos tal como son. Y para eso hemos de verlos así. No es cuestión de que nos parezca bien todo lo que hagan sino de que veamos por qué lo hacen y comprendamos que es lógico que se comporten así con la información y los recursos que tienen. No se trata de mirarlos con buenos ojos, sino de contemplarlos con los ojos del Bien que todos somos, del Amor que todos somos.
La misericordia de Dios no consiste en perdonarnos nada, consiste en darnos la oportunidad de experimentar este amor que somos, en hacernos partícipes de la felicidad que somos. No hay nada que perdonar a alguien que se ha perdido y anda buscando el camino. Si lo encontramos andando hacia una dirección incorrecta no vamos encima a castigarlo; al contrario, estaremos contentos porque nos da la oportunidad de serle útil indicándole el camino correcto. Si es que lo sabemos por haberlo recorrido previamente. Y en el caso de que estemos igualmente desorientados, podemos intercambiar nuestras respectivas experiencias para no perder el tiempo caminando por senderos que no llevan a ninguna parte. El hecho es que nadie se pierde a propósito. El amor es uno de nuestros potenciales y lo experimentamos en la misma medida en que lo actualizamos. Por eso el misericordioso alcanzará la misericordia, porque la unidad con los demás no se establece colocándonos por encima ni condenando a nadie, se establece constatando que todos tenemos las mismas dificultades para descubrir nuestra naturaleza esencial.
Este nexo entre el Amor y la Verdad aparece claro en la última bienaventuranza del segundo tramo:
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"
El acto de ver es propio del centro intelectual. Pero aquí se presenta la Verdad como consecuencia del Bien, de haber limpiado el centro emocional de todo rastro de negación, de crítica, de identificación, de segundas intenciones y deseos frustrados. Solo así el centro intelectual puede dedicarse a mirar la realidad en vez de pasarse el día interpretándola para calmar el sentimiento de separación que experimenta, al creerse una parte indefensa enfrentada al resto de la Creación. Solo el sentimiento de formar parte del Todo puede llevar a la comprensión de la Realidad. Aquí se constata lo que decíamos al principio de este tramo ascendente: la explicación se encuentra al final, no al principio. Nuestra conexión con lo Superior se produce a través del Bien, no de la Verdad, es una conexión emocional, no intelectual. Lo que hace inicialmente el Trabajo es destruir el error intelectual, para que podamos subir al carro del Bien. Y este Bien el que, posteriormente, nos conduce a la Verdad.
Porque si la mente juzga la realidad como “incorrecta” obliga a la emoción a rechazarla. La mente discrimina la realidad, la trocea y divide los trozos en buenos y malos. Así pierde por completo la perspectiva y la globalidad imprescindible para comprenderla. El camino de vuelta ha de recuperar esta perspectiva amplia y esto se hace desde el Amor. No se trata de cambiar de ideas sino de percibir las cosas desde otra dimensión. En ella se encuentra el sentido que la personalidad había perdido: un sentido que no compete a la personalidad sino al Ser esencial. Este sentido incluye a la personalidad como instrumento y la convierte en algo útil y eficaz; al tiempo que la releva de la responsabilidad de decidir. Porque el sentido es la voluntad de Dios y se descubre precisamente allí donde, anteriormente, todo parecía caos e injusticia.
Llegamos ahora a las dos últimas bienaventuranzas: la primera alaba a los "pacíficos" y la segunda a quienes "son perseguidos". Los pacíficos "serán llamados hijos de Dios" y "los perseguidos por causa de la justicia" son los "propietarios del reino de los cielos". Es evidente que los "pacíficos" tienen el potencial de llegar a ser "hijos de Dios", pero a los que sufren persecución se les da el título de propietarios: "de ellos es el reino de los cielos". Así la primera y la última bienaventuranza coinciden: los pobres de espíritu y los que sufren persecución por causa de la justicia llegan al estado de conciencia Superior que se conoce como "reino de los cielos".
También en este último tramo aparece una contradicción: parece que "mansos" y "pacíficos" sean términos equivalentes; sin embargo a los primeros se les promete la tierra y a los segundos el cielo. También es contradictorio que los que tienen "hambre y sed de justicia" sean saciados en la cuarta bienaventuranza y perseguidos en la octava.
Los mansos son los que no responden con violencia, pero los pacíficos son los que viven en un estado de paz permanente porque, después de comprender la Realidad, están plenamente de acuerdo con ella. Quien contempla como el torrente baja desde la montaña, desemboca en el rio y discurre por el llano hasta desembocar en el mar, deja de preocuparse por un determinada gota, deja de intentar evitar que la gota tropiece con obstáculos; y no pretende acelerar su curso para que llegue al mar antes de lo previsto. Nada le parece mal porque está contemplando el Bien, no como idea o sentimiento sino como Realidad. Deja de luchar, deja de hacer presión contra las circunstancias porque tal actitud se le aparece como algo absurdo. Lo que hace es colaborar con esta Realidad aportando la energía, el amor y la inteligencia que se están expresando a través de su personalidad. Cuando esto sucede, el "hijo del Hombre" es llamado "hijo de Dios" porque ya no se vive exclusivamente como personalidad, también está experimentando y manifestando el Ser.
Sin embargo, continúa ligado a la forma; porque sigue habiendo "alguien" que actúa de una forma personal. Paradójicamente, este Hombre desarrollado, capaz de actuar de una forma envidiable para los demás, está llamado a desvincularse de eso que los otros tanto admiran. Su personalidad aparece como el colmo de la perfección: lo comprende todo, lo integra todo y ejercita su voluntad sin trabas. Pero esto es así porque ya no es él quien actúa sino el Ser a través de él: ha conseguido hacer de su personalidad un canal transparente a la Esencia y ya no se siente protagonista de sus actos.
Todas las tradiciones místicas afirman de una u otra manera que la realización última es incompatible con el mantenimiento del más mínimo residuo de personalidad. Se dice que el hombre realizado conserva su individualidad a la vez que se hace plenamente consciente y dueño de su Yo Real; pero parece que para mantener esta individualidad en el seno del Ser debe estar dispuesto a perderla por completo en el mundo de la forma. Si hay una individualidad que permanece, no está ligada a la personalidad sino a la Esencia. Por difícil que sea de entender, el Yo Real, no es un atributo personal, es "Dios en mí", "Dios como yo". De hecho, la noción de "yo" desaparece por completo. Una de las explicaciones que Antonio Blay daba para que pudiéramos intuir en qué consiste la realización última es que equivale a ser consciente de uno mismo en estado de sueño profundo; o a experimentar, voluntariamente, una especie de muerte en vida.
Desde luego Jesucristo no eligió su camino de un modo caprichoso ni lo hizo expresamente difícil. Aceptó morir en la cruz para indicarnos la necesidad de prescindir de la forma para alcanzar la plena conciencia de nuestra naturaleza esencial. El afirma "Yo soy el camino, la verdad y la vida"; por tanto, nuestro camino pasa por el mismo sitio. Tanto su vida como su muerte son una indicación muy concreta de la necesidad de prescindir por completo de nuestra personalidad. Por completo.
No parece, sin embargo, que la pasión y muerte de Jesucristo pueda concebirse como un suicidio. Lo que le ocurrió a Él es lo que sucede ineludiblemente cuando se quita toda importancia a la personalidad para dársela al Ser, a lo único que la tiene: Dios. Verse cuestionado es el destino ineludible de todo aquel que busca la realización. Y puede ser cuestionado tanto por la gente de su entorno como por su propia personalidad que se resiste a desaparecer. Nuestra personalidad, con todas sus facetas, es la multitud que pedía a Pilatos que crucificara a Jesús y soltara a Barrabás, un héroe local de la lucha contra el imperio romano. Porque Jesús negaba toda virtud a su personalidad y todos sus méritos; especialmente lo que ellos consideraban méritos espirituales.
Las palabras y el comportamiento de Jesús bastaban para que la gente normal se sintiera indignada y le acusara de blasfemar contra una Ley de Dios pensada para la existencia, no para la esencia. Muchos que inicialmente le habían seguido se sintieron al final profundamente defraudados, porque esperaban un Mesías que les resolviera sus problemas y les ofreciera una recompensa. Él decía una y otra vez: "mi reino no es de este mundo"; pero pocos lo entendieron; y aún estos estuvieron llenos de dudas hasta el fin.
Cuando estamos seguros de a dónde vamos y de por qué hacemos las cosas nos resulta fácil contestar las críticas de los demás; no les exigimos que nos sigan, pero tampoco prestamos oídos a sus críticas y consejos. El problema es cuando nosotros mismos nos encontramos en una posición inestable, cuando nuestra propia mente nos ofrece cantidad de argumentos para abandonar un camino lleno de interrogantes y malestar y nos insta a volver al comportamiento razonable y fundamentado, que cuenta con el consenso social. Si, a pesar de esto, seguimos caminando, es porque algo profundo nos impulsa a continuar. O sea que estamos en el buen camino; estamos viviendo nuestra pasión personal y experimentando como sufrimiento el proceso de purificación indispensable para alcanzar la meta.
"Bienaventurados quienes sufren persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos"
El verdadero problema para la personalidad no es ser "pobre de espíritu" y no comprender, es llegar a la conclusión de que jamás podrá comprender en el sentido que ella entiende por comprender: sacar partido de lo que entiende. La personalidad emprende el Trabajo espiritual porque espera sacar provecho de él. Pero al final, se ha de sacrificar para dar paso a nuestra Realidad Esencial. En el reino de los cielos solo se puede entrar de la misma manera que se salió: completamente desnudo.

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Categorías Espiritualidad | Etiquetas: amor, bienaventuranzas, Dios, naturaleza esencial, personalidad, ser
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Muchisimas Gracias Jordi
Gracias Jordi, estos artículos de las bienaventuranzas me parecen muy brillantes. Otra cosa a destacar es que la primera y última bienaventuranzas son las únicas que hablan en presente. El resto lo hace en futuro. De todas maneras para la primera bienaventuranza hay traducciones para todos los gustos, siendo otras traducciones: "bienaventurados los pobres en espiritu, porque de ellos es el reino de los cielos", "dichosos los pobres por el espíritu, porque de estos es el reino de los cielos", "dichosos aquellos que deciden vivir pobres porque éstos tienen a Dios por rey", etc. Parece que en estas otras traducciones, la primera creo que sale en el Reina Valera 1909, hace dichosos a los desprendidos, los que no están apegados a sus bienes, a las cosas en general. Curiosamente esto es lo mismo que dice el budismo como una de sus enseñanzas básicas para el despertar: la práctica del desapego. Esto no quiere decir renunciar a las cosas, se refiere a que aferrarnos a las cosas, a las relaciones, etc, nos causa problemas porque nos volvemos dependientes de ellas. También vale esto mismo para el ego o personaje, en el sentido de desprendernos de esta ilusión, de no identificarnos con una idea que nos hace dependientes. Porque cuando el ego desaparece y no eres nadie, entonces estás en comunión con lo Superior. Es decir que me parece que esto va muy en línea con tu análisis.
Un abrazo,
David
He leído algunas cosas buenas aquí. Definitivamente vale la pena volverla a revisitar. Me pregunto cuánto empeno se necesita para desempenar un sitio util excepcional.
Basta con que se perciba que hay un eco. Que alguien entiende algo y mira de utilizarlo para iluminar un poco su existencia.
En Galilea (actual Israel) enfrente del lugar de la multiplicación de los panes y peces (Tabgha), hay una colina donde quedan algunas ruinas de una pequeña iglesia.
Se dice que fue desde allí, desde donde Jesús pronunció el sermón de la montaña, y no desde el lugar oficial: un hermoso santuario con unas vistas preciosas del lago Tiberíades y de toda la región.
Esto es debido a la mejor sonoridad, y porque era el punto desde donde se podía percibir la voz de Jesús desde mayor lejanía.
He tenido la suerte y el gozo de estar en estos lugares.
Creo que los comentarios (1) y (2) del Sr. Jordi Sapés sobre las bienaventuranzas son excelentes, y desde un nivel de conciencia muy alto; dirigidos, tal vez, a las personas que ya sentimos un afecto especial por los textos evangélicos.
Muchas gracias.
Cordialmente,
Ricard