EL TRABAJO Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Publicado por Jordi Calm

A menudo, en charlas y cursos surge de parte de los asistentes un tema que va volviéndose recurrente y que podríamos resumir como sigue: de qué forma podemos evitar en nuestros hijos la génesis de este personaje que tanto condiciona en la actualidad nuestras vidas. Nuestra respuesta  suele ser que, de entrada, las explicaciones que damos son básicamente para que los asistentes al curso entiendan su propio personaje.

También comentamos que la clave para relacionarse de forma efectiva con sus hijos es hacerlos en un nivel de conciencia despierto, donde todo lo que explicamos en el curso pueda hacerse evidente y, por tanto, también se pueda ver con claridad cual es su papel como padres en cada momento; finalmente, resaltamos también que pretender “salvar” a nuestros hijos de tener un personaje es una idea cercana a la utopía, al estar inmersos en un caldo de cultivo social en el que todo empujará al niño a luchar por una felicidad, que se supondrá externa, en base a destacar de algún modo, y a no hacerse ver de otro.

Sin embargo, y con una cierta independencia del grado de madurez al que hayamos llegado en nuestro desarrollo interior, hay en principio algunas realidades o principios que, entiendo, pueden ser  asumidas y/o compartidas cualquier persona que pretenda profundizar en su conciencia, o simplemente ser un buen progenitor.  A modo de ejemplo, os propongo la siguiente.

La realidad esencial del niño como un potencial inmenso que toma forma en tres ámbitos concretos: energía, amor e inteligencia, es algo que se muestra con evidencia a los ojos de  cualquier padre: la actividad casi incesante es una característica consustancial en los primeros años de la infancia, al igual que la curiosidad innata y las ganas de jugar y relacionarse con todo el mundo.  Por otra parte, que toda manifestación de estas capacidades surge de un fondo sustancialmente positivo es una sensación, si no certeza, que todo el mundo que ha tenido a su cuidado a un niño de corta edad ha experimentado. Así pues, si estas capacidades del niño brotan de un fondo con un potencial inmenso y eminentemente positivo, es fácil colegir que la existencia de una inadecuación entre la respuesta del niño y lo que el modelo social o moral le exige en un momento dado, lejos de dar fe de un defecto consustancial al niño es más bien reflejo de la necesidad de una mayor expresión de tal o cual virtud positiva existente en él. Si, estemos en el Trabajo o no, somos capaces de ver la situación bajo esta óptica, y actuar en consecuencia, conseguiremos, de una manera natural, dar al niño la oportunidad de desarrollar su naturaleza esencial, en lugar de crearle una sensación de limitación o, con el paso del tiempo, un complejo.

Una de las muchas consecuencias que podemos sacar de esta línea de razonamiento es que esta realidad no atañe sólo a nuestros hijos, si no a todos los niños, incluso al que le ha quitado el juguete, o al que le acaba de dar una patada en la espinilla. Esto, que a lo mejor ya no nos despierta tantas simpatías de entrada, es igual de cierto que lo anterior y, por su dificultad, un buen estímulo para nuestro progreso.

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