OPOSICIÓN Y DESTRUCCIÓN
 
El sistema político basado en la democracia parlamentaria se sostiene, en teoría, sobre organizaciones llamadas partidos que defienden distintos intereses y presentan diversas maneras de solucionar los problemas de la colectividad. Las elecciones permiten construir mayorías que aplican su programa; y el parlamento da voz a las minorías para que critiquen la política que están llevado a término y sigan presentando su alternativa.
 
Criticar la política de la mayoría es explicar por qué motivo las acciones que emprende el gobierno no resultan eficaces. No es afirmarlo sin argumentarlo. Y presentar una alternativa implica detallar la política que se haría, de estar en su lugar, y los motivos por los cuales esta política se presume más eficaz para los intereses de la población.  No es afirmar simplemente: “nosotros lo haremos mejor”.
 
Pero hay algo peor, que consiste en pasar por encima de la política e ir directamente a cargarse a los políticos. En este caso, la crítica de la oposición al gobierno se basa en que los gobernantes son imbéciles, corruptos, inútiles, traidores, ajenos a los intereses de la población, etc. Y la alternativa reside en conseguir que se vayan para que el poder lo ocupen otros que “lo harán mejor”; aunque nadie sepa lo que van a hacer.
 
De esta manera, las elecciones se convierten en un mecanismo cuya finalidad es echar a los que mandan en un momento determinado para poner a otros. No importa la política concreta que harán. Es una contienda de carácter tribal que se dirime por la fuerza y las emociones negativas, sin rastro alguno de inteligencia y reflexión. Se parte de la existencia de un grupo de incondicionales de cada tribu y se trata de convencer a los indecisos para que voten “en contra” del que está.
 
Así, poco a poco, va disminuyendo el nivel intelectual de la población y su capacidad para ampliar la visión del mundo. ¿Para qué vamos a enseñar Filosofía en las escuelas si para rechazar un argumento basta con acusar de hijo de puta al que lo formula?
 
Según las encuestas, los motivos de preocupación más destacados en nuestro país son, por este orden, la falta de empleo y los políticos. Esto demuestra que la inteligencia del pueblo no se ha apagado del todo. O sea que necesitamos trabajo y necesitamos otra clase de políticos; políticos que actúen de otra forma, no que cobren menos, no que haya menos. Defender que haya menos políticos equivale a arreglar la cuestión del empleo a base de reducir la población; autóctona o inmigrada. Por eso los que defienden lo primero también propugnan lo segundo.
 
Igual todos los que pensamos de diferentes maneras, condición inexcusable para la democracia, podemos ponernos de acuerdo en exigir a los políticos el nivel de comportamiento que se consideraba obligado en las aulas de los colegios, años ha. A ver si así, de paso, siguiendo el ejemplo que han de dar los que se consideran a sí mismos capacitados para dirigir la sociedad, conseguimos, restablecerlo también en las aulas.
 
En un momento en el que los políticos han perdido toda clase de poder real y se ven obligados a actuar siguiendo las directrices de los mercados financieros, al menos que hagan lo posible por aumentar el nivel intelectual y afectivo de la población; a ver si las generaciones venideras lo pueden recuperar. Que todos los plenos del parlamento del Estado y de las autonomías se transmitan sistemáticamente por televisión a los alumnos de enseñanza secundaria; de esta manera, todos los chavales podrán tomar ejemplo de los padres de la patria, al tiempo que recuperan el interés por la gestión de la colectividad. 
 
Y que la propaganda institucional emita este mensaje: ¡Vota al más educado!  

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