LAS ALTERNATIVAS AL MERCADO: LA PLANIFICACION CENTRALIZADA (2)
 
 
En el capítulo anterior hicimos un breve diseño del sistema de planificación centralizada. En este veremos en qué medida funcionó y porqué fracasó.
 
Si tenemos que compararlo con el sistema de mercado, lo primero a señalar es que, en pocos años, el país prácticamente feudal que era la Unión Soviética que había quedado destrozado por la segunda guerra mundial, se convirtió sin ayuda de nadie en una potencia mundial. No cabe ninguna duda de que se demostró especialmente eficaz en la industrialización, concentrando todos sus esfuerzos en la producción de acero, petróleo, química, electricidad, infraestructuras viales y ferroviarias y armamento. También se puede presentar como un ejemplo en el área de la enseñanza, la sanidad y la educación.  En cambio fue muy ineficaz en el sector de la agricultura y de los bienes de consumo.
 
Lo habitual en la agricultura era no tener horario y utilizar a las mujeres, a los niños y a los parientes como mano de obra prácticamente gratuita a cambio de darles cobijo. El estado soviético expropió las tierras de los campesinos y las colocó bajo un sistema público de granjas, con trabajadores asalariados, horarios y condiciones de trabajo mucho más relajadas que las tradicionales. El resultado fue una disminución en picado de la productividad del campo.
 
En cuanto al consumo, el sistema fue incapaz de prever y diseñar la variedad necesaria para hacer llegar a la gente productos atractivos y diversificados. El consumo planificado, nunca pudo abandonar la apariencia de racionamiento. Se podía elegir de qué color querías el vestido, pero había pocos colores que escoger; no por problemas de producción sino por falta de imaginación del planificador. Se podían adquirir vehículos y electrodomésticos, pero después de haber ahorrado su importe, porque el crédito bancario no existía.
 
En estos dos sectores: la agricultura y los bienes de consumo, el sistema de economía planificada se demostró claramente incompetente. Y en otros aspectos, también fundamentales, se apartó mucho de sus presupuestos teóricos:
 
En teoría el Plan lo tenía que diseñar el gobierno partiendo de lo que el pueblo, después de comparar diversas propuestas, decidiera democráticamente en elecciones libres; pero en los países del Este nunca llegó a haber elecciones libres: sólo estaba permitido el Partido Comunista. Por tanto, la gente no se sentía implicada en las decisiones de sus dirigentes y vivía la política económica como una imposición más. También hemos dicho que, en teoría, la igualdad de oportunidades estaba asegurada; pero en la práctica, los miembros del Partido disfrutaban de muchos privilegios. En contrapartida,  grandes masas de población fueron forzadas a desplazarse para repoblar determinadas áreas o trabajar en proyectos específicos.
 
El necesario rigor teórico de la planificación se acabó convirtiendo en rigor político; es decir: en represión policial. Para los dirigentes, si algo no funcionaba no era culpa del Plan sino de los responsables de materializarlo: los directores de las empresas; y estos  responsables incluso podían acabar en un campo de trabajo, acusados de traidores. En consecuencia, los gerentes de las empresas, para no pillarse los dedos, se dedicaron a informar a la baja de la capacidad productiva de sus centros y a presentar los problemas que tenían como algo ajeno a su responsabilidad: desajustes en el Plan a resolver en otro centro o en el próximo Plan. En la última década, para paliar los desequilibrios recurrentes, estos directores acabaron reservándose parte de la producción para intercambiarla en el mercado negro. Así se organizó una mafia, permitida por el gobierno como mal menor: Son los actuales multimillonarios rusos.
 
En cuanto a los trabajadores, el hecho de tener asegurado el empleo y de carecer de incentivos materiales para ganar más, les llevó a procurar sacar provecho de la situación trabajando lo menos posible. En 1983, el secretario del partido, Andropov, puso en marcha un sistema de inspecciones al azar para descubrir in fraganti a la gente que abandonaba sus puestos de trabajo, cuestión que se había convertido en algo habitual.  Todo lo cual transformó el milagro inicial en descenso progresivo de la productividad industrial: desde 1970 a 1987 la producción del país disminuyó a razón de un 1 por ciento anual. Hay una frase irónica de los trabajadores que resume muy bien el panorama existente en los últimos años: “el Estado hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos”.
 
A pesar de todo esto, el sistema cayó básicamente por dos factores: El primero la carrera armamentística animada por los EEUU que obligaba a destinar gran cantidad de recursos a la defensa, porque el objetivo fundamental de la guerra fría era colocar a la economía soviética en una situación insostenible. De hecho, la puntilla al sistema fue la famosa “guerra de las galaxias” promocionada por el presidente americano Reagan después de negarse a aceptar un pacto de no agresión entre la Otan y el Pacto de Varsovia propuesto por Andropov.
 
El segundo factor fue que la población se hartó de sacrificarse en el ámbito del consumo. Después de la revolución la gente estaba dispuesta a apretarse el cinturón; incluso se consideraba la demanda de bienes de consumo como algo frívolo y decadente, impropio del nivel de conciencia de los trabajadores socialistas. Pero con el paso del tiempo, la mística fue desapareciendo y la población pedía productos de consumo variados, abundantes, prácticos y con estilo; así como los correspondientes servicios. Cuando se dieron cuenta de que el sistema nunca se los proporcionaría, volvieron sus miradas hacia el capitalismo.
 
Por eso el sistema se derrumbó como un castillo de naipes, a pesar de los intentos de Gorbachov para enderezarlo, porque nadie se sentía satisfecho con un tipo de vida tan ascética y todo el mundo aspiraba a gozar del despilfarro que veían en las películas y la televisión occidentales. Y la gente estaba convencida de que, aquí, todo el mundo despilfarraba.
 
Esta es la historia, muy resumida, de la primera alternativa práctica al mercado: iniciada por una revolución con grandes ideales humanitarios, y finiquitada por el hastío y el aburrimiento de la población. Es evidente la importancia que tuvo el componente subjetivo en este fenómeno económico y político. Por eso, en el próximo y último artículo de esta serie, lo vamos a analizar desde el punto de vista de la conciencia.
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2 Comentarios

  1. Comentario de David el día 1 septiembre, 2010

    Hola, me pregunto si es posible un sistema de planificación centralizada, con un sistema de partidos y una democracia donde los ciudadanos eligen a los partidos. En las democracias representativas las políticas de los partidos suelen tomar sus decisiones para el corto plazo, siempre teniendo en cuenta la influencia que esto pueda tener en las siguientes Elecciones Generales (normalmente cada cuatro años), por lo que un Plan que tenga en cuenta el medio y largo plazo no se si es viable. Saludos.

  2. Comentario de jordi sapés el día 2 septiembre, 2010

    Esta es la pregunta del millón. El sistema de planificación centralizada requiere que el Estado controle,como mínimo, la banca, la industria y los servicios. ¿Se puede llegar a este control a través de un proceso democrático o es indispensable que haya una revolución? En este caso, por lo menos de entrada, no habrá democracia; y cuando deja de haberla, no es fácil restablecerla.
    En cuanto el medio y largo plazo, todos los gobiernos toman decisiones que sus sucesores se ven obligados a aceptar porque su reversibilidad es muy difícil. Por ejemplo: si planificas una estructura de comunicaciones radial o en red y la inicias, todos los que vengan después la van a continuar. De hecho, en lo que se refiere a infraestructuras y servicios, todos los gobiernos están obligados a pensar en términos de medio y largo plazo. Otra cosa es que las medidas a corto sean las que más se publicitan.   

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