LAS ALTERNATIVAS AL MERCADO: LA PLANIFICACION CENTRALIZADA (1)
 
No basta con decir que el sistema económico de mercado no funciona, es indispensable encontrar una alternativa que permita decidir en qué se aplican los recursos y cómo se distribuye la riqueza. El mercado utiliza como guía el estímulo del beneficio y el sistema de precios y salarios, pero ¿se ha experimentado algún otro sistema? Pues sí: el sistema de planificación centralizada, vigente en la Unión Soviética y el resto de países llamados “socialistas”, desde 1917 hasta 1989. Es importante que conozcamos este intento y sepamos porqué no funcionó. Lo haremos en varios artículos.
 
La riqueza de un país depende de la cantidad de bienes y servicios que es capaz de producir. Para medirla podemos valorar estos bienes y servicios o simplemente constatar qué cosas se han hecho. Porque una casa es una casa, no importa si vale más o si vale menos. O sea que podemos traducir en dinero todo lo que han hecho y hacer una suma total;  pero también podemos pedir una lista de todas las cosas que se han producido en el país durante este año: tantas escuelas, tantos kilómetros de carretera, tantas toneladas de trigo, etc. Esta es una manera física, no monetaria, de contemplar la Economía.
 
Porque, al fin y al cabo, la producción consiste en combinar materias primas, máquinas-herramientas y horas de trabajo. Y si cada empresa nos manda un informe en el que consta lo que ha producido y los materiales y horas de trabajo que ha empleado, incluso podemos construir una macro ecuación con tantas incógnitas como productos para ver qué cantidad (en unidades físicas) de todos y cada uno de los productos se ha necesitado para producir una unidad de cada bien o servicio. Por ejemplo: para producir un kilogramo de pan se precisan 800 grs. de harina, 10 gramos de levadura, 10 gramos de sal, 1 decilitro de agua, 5 minutos de trabajo, 0 gramos de aluminio, 0 gramos de arena… y 0 unidades de todas las demás cosas (que me perdonen la fórmula los panaderos)
 
Con esta información se elabora lo que se conoce como tabla “input-output”; en castellano: “ingrediente-producto” o “qué metes-qué sacas”. Esta tabla nos dice cuantas unidades de cada cosa necesitamos para producir todas las cosas. Sin necesidad de precios ni valoraciones, todo en unidades físicas. Con esta información podemos decidir en el país hacer lo mismo el año próximo o modificar algunas partidas, en el bien entendido de  que si queremos más de algo tendremos que incrementar todas las materias primas que se necesitan para fabricar este algo, construir la maquinaria necesaria y poner más gente a trabajar en este sector.
 
Si disponemos de más recursos que el año anterior podremos hacerlo sin tocar lo demás, pero si tenemos los mismos habrá que sustraerlos de otro lado. De lo que podemos estar seguros es de que no vamos a dejar ocioso ningún recurso; es decir: todo el mundo tendrá trabajo.
 
En vez de dejar que el mercado decida, haremos un Plan que fijará lo que tiene que hacer cada empresa ¿Quién hace el Plan?: lo hace el gobierno con los criterios que el pueblo ha decidido. En las elecciones, cada partido propone una política económica determinada; por ejemplo un partido quiere dar más impulso a las comunicaciones ferroviarias y otro defiende que es más importante construir autopistas. El pueblo decide con su voto qué alternativa prefiere; y los técnicos elaboran el Plan y lo mandan a las empresas para que lo ejecuten. ¿Cuál es la condición indispensable para que esto sea posible?: que las empresas sean del Estado.
 
A efectos prácticos, es fundamental que las empresas suministren una información exacta. Si los datos son erróneos, a corto plazo faltará algo indispensable y será imposible llegar a producir la cantidad prevista. Y cualquier desajuste en un sector de la producción se transmite de inmediato a todos los demás; a no ser que se pueda arreglar el problema importando de otro país lo que hace falta. En el sistema de mercado los fallos por falta de previsión los paga la empresa que los ha cometido, pero aquí se transmiten a toda la economía. El rigor es imprescindible porque el Plan es tan eficaz como poco flexible: no se puede alterar sobre la marcha, porque esto significa cuestionar las decisiones tomadas que, para bien o para mal, ya están funcionando.
 
Y no sólo ha de ser coherente en los grandes números; ha de tener además una coherencia interna, sobre todo en términos temporales: el ritmo de producción del hierro ha de ajustarse al ritmo de producción, por ejemplo, de la maquinaria agrícola; de lo contrario la producción de arados puede detenerse por falta de materia prima. Y es necesario queestos arados estén terminados y disponibles en el campo, justo en la época en que conviene arar la tierra, no más tarde. Cualquier desajuste en esta serie de interrelaciones puede provocar un fallo que se transmitirá de inmediato a todos los demás sectores de la economía.
 
Por último, también hay que planificar los servicios a la población: educación, sanidad, comunicaciones, defensa, etc. Así como los bienes de consumo con los que se remunera a los trabajadores. Esto implica un profundo conocimiento de la población por áreas y edades, para saber qué tipo de necesidades habrá que satisfacer y qué tipo de productos tienen que llegar a las familias: alimentación, vestido, vivienda, etc.
 
Todo esto se calcula de antemano, para un período que va de uno a cinco años. Y todo el mundo se pone a ejecutar el Plan. Podemos prescindir del dinero y, por tanto, de los bancos; simplemente ponemos a producir todo lo que tenemos. Nadie tiene que comprar nada a nadie porque todo el mundo sabe a dónde tiene que mandar lo que produce y cuenta con recibir lo que necesita para producirlo. Cada persona recibe los estudios que es capaz de asimilar y es destinado a la ocupación para la que se demuestra especialmente idóneo. Nadie tiene que buscar trabajo porque ya lo tiene asignado; ni tiene que hacer horas extras porque todo está previsto. También está previsto que reciba todo lo necesario para su sustento, así como vivienda, educación y atención médico-sanitaria. Los bienes de consumo son propiedad de cada uno, pero nadie es dueño de ninguna empresa porque todas son propiedad del Estado; o sea que nadie puede hacerse rico con el trabajo de los demás.
 
Este es el diseño teórico. En próximos capítulos veremos en qué medida funcionó y porqué fracasó.

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