Archivo para el mes junio, 2015

Las fronteras en el Trabajo

Miércoles, junio 24th, 2015

LAS FRONTERAS EN EL TRABAJO
Por Jordi Calm

Todas las personas que emprenden el Trabajo se encuentran, ya desde el primer momento, con que éste les plantea traspasar algunas fronteras que, en el nivel de conciencia del que parten, parecen imposibles de cruzar. El simple hecho de despertar, de descubrir que hay, además dentro de nosotros, un espacio interior desde el cual todo es y se vive de forma distinta, ya es para el neófito algo más parecido a la alquimia que a la ciencia, aunque la experiencia, más pronto que tarde le da fe de esta realidad.

Adjetivos como “sorprendente”,  “increíble”, o“alucinante” suelen utilizarse varias veces en los primeros diarios, hasta que la constatación de que aquello es, y de que nosotros somos, algo real y accesible cada vez que nos prestamos atención, hace que estos adjetivos den paso a otras expresiones como “natural”, “auténtico”, “soy yo”, y similares.

Un paso más en esta dinámica suele darse cuando este nivel de conciencia se pone a prueba en determinadas situaciones más “complicadas”, como por ejemplo las conversaciones, aquí también se pasa de una declaración de imposibilidad muy manifiesta a un descubrimiento inicial que da paso a una experimentación gozosa y plena en la que la persona se desenvuelve, otra vez, con naturalidad.

Y también en planos más elevados este proceso se repite quizá con tempos más variables pero con los mismos parámetros. Jordi comenta cada año la dialéctica que ha de establecer con muchas personas que le manifiestan sus grandes reticencias para ir a Oseira y para contactar con un mundo, el religioso, con el que tienen no pocos reparos, o incluso una animadversión a veces rayana en la urticaria. Y, aquí también, el paso por este monasterio (iba a decir que curiosamente, pero evidentemente este adjetivo aquí no procede) da lugar, a veces de modo directamente proporcional a las quejas anteriores, a una descripción entusiasta de la experiencia, y a la petición de reserva para el retiro del año siguiente. 

En definitiva, como en aquella imagen de la persona a la que se le traza un círculo de tiza alrededor, se le dice que no puede salir, y no se mueve, la persona en el Trabajo descubre que sí se puede mover, incluso dar un salto con gracia para traspasarlo.

¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? 

La primera es que los parámetros que nos informan de nuestras posibilidades iniciales se revelan imprecisos sea cual sea el nivel en el que estemos, porque no estamos hablando sólo de un personaje que, por definición, es miope y tira a un pesimismo cuya habitualidad durante lustros no le otorga ni un ápice de validez, sino también de una personalidad que da pasos alineada con su esencia, para ella también la primera fase del Trabajo, que podríamos catalogar de descubrimiento, como sobre todo la segunda, cuando se incide de forma concreta en su desarrollo, está plagada de empresas “imposibles” o, bajando un poco el listón cuando empezamos a intuir que hay más cera de la que vemos arder, “muy difíciles”. 

La segunda es que el Trabajo cada vez se nos dibuja como dinámica con entidad y con una sabiduría sobre nosotros mismos que nos trasciende, porque sus directrices e indicaciones resultan ser más fiable que las gafas (o orejeras) que, sepamos o no, llevamos puestas.

Y, la tercera, ésta con un ritmo de maduración más lento, es que el Trabajo se convierte en algo así como el vestido con el cual salimos a la calle/mundo, en la forma no tan sólo de cobijo sino también de expresión y relación con él, la forma a través de la cual somos, y somos cada vez más, en una plenitud que tiene lugar y se manifiesta a través de esta herramienta. Aquí ya no hay dudas, y la constatación de una realidad distinta que ya no nos sorprende es la antesala de un camino decidido y con paso firme esta realidad, porque disponemos de un vehículo  válido para transitarlo. 

Finalmente, para algunos el vestido pasa a ser piel, el Trabajo somos nosotros y nosotros somos el Trabajo, y este concepto de nosotros es cada vez más y más amplio.


Ver al personaje y superarlo

Miércoles, junio 24th, 2015

VER AL PERSONAJE Y SUPERARLO
por Jordi Sapés

 

Como ya sabéis, el plan de Trabajo que hemos desarrollado permite hacer la experiencia de despertar y objetivar el personaje en un plazo promedio de 14 meses. A los que llevamos tiempo en esto nos parece un éxito, pero para los que se inician es mucho tiempo. Tanto que este Trabajo de despertar y ver el personaje tiene el peligro de acabar haciéndose compatible con la existencia habitual.

Ojalá tuviéramos la posibilidad de elegir entre la pastilla roja o la azul; si eligiéramos la correcta, nos darían el susto de muerte que implica ver, de golpe, la realidad tal como es. O que cayera un rayo del cielo que nos derribara del caballo del personaje como le aconteció a San Pablo. Por cierto que San Pablo, después de la caída, estuvo siete años preparándose antes de empezar a predicar, pero el susto ya lo había tenido.

En esta línea de Trabajo, arrastramos la maldición colectiva de aparecer como un “curso de crecimiento personal”, otro más. Bastante bueno porque “hace crecer” bastante, pero no tanto como quisiéramos; y además hay que esforzarse mucho. Durante los primeros meses, nos tenemos que enfrentar con un personaje que pretende que le bendigan sus ideas, su preocupación por los demás y sus buenas obras. Cuesta Dios y ayuda ver que esta es precisamente la trampa a evitar y que la cuestión no es “crecer” en esta dirección sino dirigir la atención hacia algo muy distinto: el ser. Y cuando empezamos a intuirlo aparece otro obstáculo: la comodidad y la cobardía. La comodidad de que el mecanismo decida por nosotros y responsabilice a los demás de nuestras dificultades, y el miedo a prescindir de esta mentira tras la que llevamos tanto tiempo parapetados.

Superar el personaje implica despertar y permanecer despiertos. Después de ver al personaje la única utilidad que tiene es hacer de despertador. El personaje no tiene nada que se pueda aprovechar, no tiene ideas buenas; no hay ninguna idea que sea buena, aplicar cualquier idea a la realidad implica ignorar la realidad y sustituirla por un juicio inútil. Y juzgar a las personas es una barbaridad porque cualquier persona es un potencial ilimitado de inteligencia, amor y energía.

No dejéis que vuestro pensamiento se ponga a buscar apresuradamente ejemplos que justifiquen el juicio a los demás. Sobreponeros a esta tentación mecánica y mirad despiertos lo que hasta ahora habéis contemplado dormidos: personas y situaciones. El cambio es radical, no es una cuestión de matiz. Si no nos parece radical es que no hemos comprendido qué es el personaje y hemos optado por convivir con él. Si es así, mejor sería no haber empezado el Trabajo porque el personaje lo habrá utilizado para engordar el yo ideal.

A esto me refiero en el primer párrafo de este artículo: a lo mejor llevamos tantos días hablando del personaje que ya nos hemos familiarizado con él y lo estamos viendo solamente como un estorbo. No es un estorbo, es un mecanismo que nos anula por completo y nos hace vivir en un mundo horrible, carente de significado y de solución. El personaje nos hace ver las cosas al revés de cómo son: nos hace desconfiar de nuestra inteligencia cuando dudamos y nos hace sentir seguros de estar en lo cierto cuando consideramos algo como indiscutible. Nos considera responsables cuando nos empeñamos en modelar a los demás según nuestros gustos e intereses y nos presenta como inmoralidad el hecho de respetar su manera de ser aunque no coincida con la nuestra. Nos acusa de aventureros y utópicos cuando luchamos por algo difícil de alcanzar y nos proclama maduros cuando optamos por la seguridad de lo establecido.

El mundo, una vez despiertos, es tan diferente del ordinario que si habéis finalizado el análisis del personaje y os preguntáis “¿y ahora qué viene?” es que solo habéis añadido una idea más a las que ya teníais.  


El sentido de nuestra vida de relación personal

Miércoles, junio 24th, 2015

EL SENTIDO DE NUESTRA VIDA DE RELACIÓN PERSONAL

Nuestra relación con los demás es, al principio, una relación de superficie; yo estoy identificado en mis modos de ser y percibo al otro sólo en sus modos de ser; yo me vivo a mí mismo por criterio de comparación: yo soy más o menos que lo de más allá, y mi valoración de lo otro está en función de estos más y estos menos con los que me valoro a mí mismo.

Se trata de una relación externa, periférica, mecánica, en círculo cerrado, automática. Yo no puedo dejar de valorar aquello que va a favor de lo que yo deseo; ni puedo dejar de rechazar aquello que va en contra de lo que yo deseo. Por el hecho de que estoy actuando de un modo identificado con mi yo-ideal, los demás hacen una función inevitable, necesaria, respecto a este yo-ideal. Por tanto, mi actuar es puramente automático y mecánico: yo no ejerzo libertad ninguna, no actúo con una visión objetiva ni real del otro. Para salir de este círculo cerrado he de despertar desarrollando la capacidad de ser Autoconsciente. Cuando soy autoconsciente se produce en mí un traslado del centro de gravedad, de manera que, en vez de gravitar alrededor del yo-ideal, de esa proyección de lo que yo pretendo ser y quiero ser o temo no llegar a ser, el centro se va trasladando a lo que yo me siento ser. Voy tomando consciencia de que soy un foco autodeterminante y autodeterminado de expresión de cualidades, de ideas y de aptitudes. Descubro que en este ejercicio de autoexpresión motivado en mí mismo, por mí mismo, hay una fuerza cada vez mayor, está la mayor parte de las cosas que yo buscaba normalmente en mi proyección idealizada de mí y de los demás. Descubro esta seguridad, esta plenitud, este mayor sentimiento de libertad, cosas que anteriormente yo sólo buscaba rodeándome de ciertas condiciones y negando otras condiciones del exterior, es decir, seleccionando de una forma rigurosa mis actitudes, mis amistades, viviendo un determinado papel, un personaje.

Ahora, en la medida en que voy ejercitando la autoconciencia, descubro que hay un valor en el simple hecho de ser y expresar esto que me siento ser. La relación humana, aparte de que sigue teniendo una finalidad práctica en mi vida de cada momento, ya no la utilizo para mi satisfacción exterior, para mi cotización, para mi afirmación o reafirmación ante los demás, sino como un medio de ejercitamiento, como medio para el desarrollo de lo que voy sintiendo como más verdadero, como más genuino en mí.

La clave, aquí, está en la sinceridad y la entrega. Estas me permiten abrirme al otro. Cuando dejo de tener miedo, cuando dejo de depender del otro, cuando yo me siento más seguro, más yo mismo, entonces no tengo miedo de que el otro me lesione en mi amor propio, en mis ideas, en mi prestigio. Entonces yo puedo abrirme a él, puedo dejar que su mundo interior penetre en mí, puedo aprender a ser reflexivo, a ser comprensivo, a ser participativo, dejo de tener miedo a la comunión. Gracias a esto, por un lado, yo voy tomando conciencia de mí, me voy descubriendo a mí mismo en este ejercitamiento de sinceridad, voy descubriendo cosas cada vez más profundas, más mías. Esto me proporciona un medio para descubrir en el otro cosas cada vez más suyas, más auténticas, hasta que llega un momento en que consigo equilibrar una faceta y otra, un polo y otro, de esta situación única que es contacto humano.

 

Texto extraído del libro Caminos de Autorrealización Tomo III, Editorial Cedel. 1983