Archivo para el mes mayo, 2015

Atender al otro

Domingo, mayo 10th, 2015

ATENDER AL OTRO

Lo más importante es que yo aprenda a descubrir la importancia del otro, que yo aprenda a descubrir que el otro, tan sólo por el hecho de ser el otro, sea quien sea ese otro, es al menos tan importante como yo. Por lo tanto, tengo que aprender a descubrir este valor: el otro tiene la misma realidad que yo, tiene una vida interior exactamente como la tengo yo, tiene una voluntad interior, unas aspiraciones, unos deseos, un modo de ver las cosas, una experiencia detrás de sí, está viviendo todas las situaciones por lo menos con la misma intensidad como las vivo yo, y son tan importantes para él como lo son para mí. Pero yo nunca vivo esto así. Teóricamente acepto que es así, pero a la hora de tratar con los demás yo me hallo centrado en mi modo de pensar y de sentir, y los otros modos de pensar y sentir son para mí secundarios, muy secundarios.

En el momento de la relación humana yo he de aprender a vivir al otro con la misma realidad y la misma importancia con que me vivo a mí.

Por lo tanto, he de tratar de darme cuenta de que estoy hablando con una persona, no con un personaje que hace para mí un papel de defensor o acusador de mi yo-idealizado, sino con una persona que tiene un valor en sí mismo, un valor en su interior que yo he de aprender a descubrir, a discernir, a dejar que penetre en mí; es decir, qué es lo que siente esa persona, qué quiere, cómo vive, cómo ve las cosas, cuál es su modo íntimo de ser. Pero no con un afán de simple información, ni mucho menos de crítica, sino con un deseo de descubrimiento, de querer ensanchar el modo en que yo me vivo a mí mismo con el modo en que el otro se vive a sí mismo. Si yo cultivara esa deliberada actitud de atención, de interés auténtico, para comprender el mundo interior del otro, habría dado un gran paso en esta realización a través de lo exterior.

El segundo paso es que yo aprenda a ver en el otro no sólo lo que el otro vive, lo que el otro piensa, quiere o teme, sino a intuir qué es lo que está haciendo vivir al otro, cuál es la fuerza que le empuja, cuál esa inteligencia creadora que se está expresando a través de él, cuáles son esas cualidades que están buscando camino de expresión a través de esa persona. He de aprender a intuir eso maravilloso que está pugnando por expresarse, esas cualidades que él todavía no vive, pero que están empujándole para actualizarse. Y esto he de hacerlo aunque aquella persona, en su modo de vivir concreto, esté muy lejos de esas cualidades. Esas cualidades fundamentales están ahí, son las que le hacen vivir, como me hacen vivir también a mí, son las que me empujan también a mí desde mi interior. Y debo aprender a discernir esto en la otra persona: la inteligencia, una gran inteligencia que está intentando expresarse a través de su inteligencia; una gran voluntad que está tratando de tomar forma a través de su voluntad, y una gran paz y un gran amor que están tratando de encarnarse en su modo de amar, en su modo de gozar. He de intuir todo eso, he de mantener esa intuición de lo que está detrás de él, de lo que le está dando fuerzas y vida, y mantenerlo mientras estoy hablando con la persona, aunque esté hablando de cualquier cosa que nada tenga que ver con esas cualidades. Esta es la mejor ayuda que podemos darle, esto es lo que la estimula más rápidamente a crecer, a desarrollarse.

Pero, en todo caso, procuremos no poner un modelo al modo de ser de aquella persona. Hemos de evitar a toda costa pretender imponer en ningún sentido una idea de cómo ha de ser aquella persona. Si yo quiero rectificar a la persona, yo estoy sumamente equivocado. Yo no puedo ni debo rectificar a ninguna persona, porque, en el momento en que yo quiera rectificar, es mi idea personal la que estoy imponiendo a aquella persona y ella sentirá aquella idea como algo ajeno, como algo extraño, como una fuerza que la obliga, como un no-yo que se contrapone a su yo, a su modo de sentir y de ser, y, por tanto, reaccionará defendiéndose contra aquello. Por otra parte, yo no tengo ningún derecho a decir cómo ha de ser alguien, yo no sé realmente lo que es bueno para aquella persona, lo que realmente necesita en su trabajo, en su camino de desarrollo para llegar a esa plenitud de su destino. ¿Sé yo realmente que esa cualidad que a mí me parece tan importante es lo que aquella persona necesita en este momento, y no otra? Acaso, al pretender imponer esa cualidad, impediré que aquella persona viva una experiencia propia insustituible, gracias a la que fructificaría algo realmente auténtico. Hemos de evitar esta tendencia de que, al vivir yo de acuerdo con un modelo de un yo-idea, trate de imponer este molde a los demás, en nombre de su bienestar, en nombre de su provecho, de su adelantamiento, en el nombre que sea. Yo no tengo en absoluto ningún derecho de imponer a nadie ningún reglamento.

En cambio, sí puedo y debo, si amo, ayudar a que la persona sea más ella misma, se realice más en sí misma, llegue a su plenitud, siga su propio camino, aunque este camino esté muy lejos, sea muy diferente del camino que yo valoro y creo que es bueno para mí. He de admitir que cualquier camino puede ser el mejor para la experiencia y desarrollo de aquella persona; he de tener un respeto insobornable a la libertad de la otra persona. ¿Acaso nosotros no hemos estado viviendo las consecuencias de una formación deformante, hecho siempre en nombre de nuestro bien? ¿Es que no estamos viviendo las consecuencias de una formación en la que se nos ha querido imponer unos modelos que se han convertido en auténticas camisas de fuerza y que nos han incapacitado para crecer y para llegar a ser realmente nosotros mismos? ¿Por qué queremos perpetuar esta pésima tradición?

Si tenemos para nosotros mismos el discernimiento de ver la absoluta necesidad de ser auténticos en todo, demos a los demás la oportunidad de que lo sean y ayudémosles en este camino concreto. ¿Cómo hacerlo? Sabiendo intuir esas cualidades fundamentales en su interior, y, al tratar con ellos, dar como presentes esas cualidades, pero sin imponer modos concretos de conducta, de manifestación. Animemos desde el centro, pero no queramos animar desde la periferia, porque esto sería opresión.

 

Texto extraído del libro Caminos de Autorrealización Tomo III, Editorial Cedel. 1983


El Trabajo y la conciencia del Yo esencial

Domingo, mayo 10th, 2015

EL TRABAJO Y LA CONCIENCIA DEL YO ESENCIAL

Interpretación  desde la perspectiva de Antonio Blay, de la Parábola del Sembrador en el Seminario sobre el Evangelio (Mt. 13, 1-23) realizado en Dueñas en mayo de2015

Agradecimientos a todos los que han colaborado en su traducción e interpretación.

El propósito de realizar el Yo esencial: Proceso y pruebas de coherencia.

Esta parábola se ha revelado como una guía para ver de dónde partir, al trabajar este propósito desde el acontecer diario. La Parábola nos orienta en la superación de un camino sembrado por los subterfugios, las inseguridades, y en consecuencia la superficialidad del personaje.

En primer lugar, la conciencia del Yo esencial debe salir de la personalidad, y situarse en el observador, para ver el origen de las ideas que reclaman atención en las distintas facetas de esta personalidad.

Situarse además en el potencial de amor, y estar disponibles y abiertos para poder unir consciente e inconsciente. Es decir, no caer en la dualidad, al ser arrastrados por las emociones del inconsciente. Estas no son más que percepciones ocultas que no han sido asimiladas, que se emiten en el encuentro con los eventos de la existencia, y que con una observación sostenida, pueden ser descubiertas.

Cuando observamos este encuentro y lo experimentamos desde esta conciencia despierta y neutra, sin juicios de lo que está bien o mal, tenemos la oportunidad de darnos cuenta de las respuestas basadas en la orientación social que hemos recibido, y ver lo que nos condiciona y nos ata. Porque cuando alguien recibe el mensaje del propósito esencial sin entenderlo, el personaje se apodera de él. También hay que vigilar los ideales contrapuestos a la realidad del encuentro, que por su tendencia a la perfección ilusoria, no ahondan en la realidad que se presenta, y no dejan arraigar la conciencia del yo esencial. Por esta causa hay una dificultad en despertar y ver lo que de verdad necesita esta realidad. Finalmente hay que superar la identificación con los objetivos terrenales, que engendran orgullo, deseo, ansias de poder y de riquezas. Aquí el mensaje queda asfixiado por las preocupaciones existenciales. Estas son las tentaciones que provoca el personaje, porque en su inseguridad está atrapado sutilmente en los engranajes de su propia mentira, que por otra parte tergiversa con criterios justificables para soslayar tocar nada que requiera esfuerzo de comprensión o salirse de la rutina.  

La parte de la personalidad que busca la esencia, no entiende porque ha de encontrarla por medio de los sucesos de la existencia. Y es que la existencia, es el acicate para actualizar el potencial y reforzar la conciencia del yo esencial. La realidad proporciona los estímulos necesarios para crecer en el desarrollo de la conciencia esencial. Por el contrario los que puedan sentirse incapaces de poner en marcha las capacidades del potencial, se debilitan y empobrecen en conciencia, porque no entienden, ni aprovechan las ocasiones que les presenta la existencia. Así que oímos lo que nos dice la realidad, y lo rechazamos. Percibimos el error,  y no aceptamos que sea nuestro. Nos volvemos insensibles para no tenernos que implicar y escuchar el sufrimiento. No utilizamos las capacidades  para cambiar las cosas y resolver los problemas.

Si superamos  estas dificultades, podemos alcanzar el nivel de conciencia esencial, que permita actuar con lucidez y con amor para realizar las obras que darán testimonio de la superación del personaje y de la asunción de la conciencia esencial. Sólo si somos conscientes de nuestra naturaleza verdadera, y vivimos partiendo de ella, la realizaremos dando fruto en la trascendencia, en la colectividad y en la personalidad.

No hay que quedarse subyugado por la alegría de una manera de pensar espiritual, y luego desanimarse ante las dificultades que surgen. Estas no son otra cosa que pruebas  de coherencia en la consecución del propósito; debemos acatar el orden preciso de todas las cosas. Ya sabemos que  al personaje le parecen un desorden y una injusticia los sucesos que acontecen, porque no ve más allá de su guion. La personalidad tampoco tiene una visión global y real de los pasos y grados de progresiva comprensión y conciencia que requiere el propósito evolucionando individual o colectivamente. Debemos ser sencillos y actualizar las capacidades en los eventos que la existencia nos presenta, porque hemos de hacernos responsables de lo que cada uno tiene que aportar para el bien de todos. Hemos de confiar en lo que la vida nos ofrece, al verlo desde esta perspectiva.

Esta Parábola nos trae el mensaje de que no se trata tan sólo de tener conciencia del Yo Esencial, sino de vivirlo, experimentarlo y realizarlo. La parábola identifica vivirlo con la misma existencia.


Conceptos que relacionan el Trabajo con la religión

Domingo, mayo 10th, 2015

CONCEPTOS QUE RELACIONAN EL TRABAJO CON LA RELIGIÓN

Ahí van algunas definiciones que os ayudarán a relacionar nuestro lenguaje con el de la Iglesia y a comunicaros con aquellas personas que viven la espiritualidad de una forma más tradicional.  

Yo esencial.- Llamamos así a nuestra naturaleza espiritual, las capacidades que Dios pone a nuestra disposición para que las utilicemos de una manera personal: capacidad de ver, capacidad de amar y capacidad de hacer. Esto es lo que nos hace a Su imagen y semejanza. Una de las primeras tareas que nos planteamos es comprobar de una manera experimental que somos eso mediante el ejercicio que llamamos despertar y que consiste en poner la atención al sujeto, al Yo, con independencia de lo que este sujeto esté atendiendo en cada momento. Buscar el Yo es buscar nuestra identidad real: aquello que nunca cambia, aquello que siempre soy, detrás de todos los fenómenos de la existencia.  

Yo experiencia.- Llamamos así a la forma que utiliza el Yo esencial como vehículo de expresión es este plano existencial. Lo llamamos así porque lo hemos desarrollado utilizando nuestras tres capacidades en respuesta al entorno por el que hemos venido transitando. Así se ha desarrollado nuestro cuerpo, nuestros conocimientos, nuestras relaciones, nuestras habilidades. Es lo que llamamos personalidad y lo que nos distingue a unos de otros. Nosotros resaltamos que esta personalidad no tiene nada de malo porque es conocimiento, sentimiento y habilidad en un grado mayor o menor pero siempre positivo. No obstante se puede perfeccionar, se puede equilibrar y se puede purificar para hacerla lo más útil posible para el Yo esencial que la utiliza como herramienta en este plano material. Entendemos el Decálogo mosaico como una instrucción muy precisa en esta dirección, tal como expresa el Salmo 118.

Personaje.-  Llamamos personaje a lo que la Iglesia llama caída, pecado. El personaje es el olvido total del Yo esencial para atender exclusivamente a las cosas. Es un error que se transmite de padres a hijos a través de la educación y materializa el pecado original. También se refiere a nuestra personalidad pero para juzgarla en función de los criterios sociales vigentes. El personaje sí que nos define como una mezcla de virtudes y defectos, según revistamos o no la manera de ser que está de moda. Esta educación ignora nuestra esencia y nuestra personalidad y pretende sustituirla por una manera de ser que asegure el éxito personal. Esta manera de pensar nos clasifica a nosotros mismos, a las personas y a las circunstancias en función de si favorecen o perjudican los intereses del personaje en este proyecto de llegar a ser importante que ha sustituido y encubierto nuestra realidad esencial. Lo desvirtúa todo y convierte la existencia en el ámbito ideal para la mentira porque todo nos aparta de lo trascendente.     

Trabajo espiritual.- Nosotros planteamos que el estado de conciencia del personaje es un estado artificialmente inducido en la mente por la educación; por tanto, de la misma manera que se ha metido se puede objetivar y desactivar.  Así que el trabajo espiritual es el esfuerzo necesario para salir de la identificación con el personaje, recuperar primero la conciencia de sujeto y, a continuación, la conciencia del ser espiritual que somos.  Lo planteamos no como un proceso de conseguir algo sino de recuperar la evidencia de lo que ya somos. Así que más que añadir ideas y consignas morales, se trata de observar las que hay en nuestra mente y sacarlas para eliminar el filtro que mediatiza y obstaculiza el contacto entre nuestro entorno y la inteligencia, el amor y la vida que somos. Este camino tiene varias fases: primero despertar para poder mirar nuestra realidad desde otra dimensión, segundo observar, entender y desactivar el mecanismo alienante que hay en nuestra mente y con el que llevamos años identificados, tercero reforzar y reequilibrar nuestra personalidad, cuarto limpiar el inconsciente de residuos erróneos y experiencias mal interpretadas  y quinto establecer un contacto actual y personal con Dios. La primera fase es indispensable para iniciar este camino, las siguientes se pueden recorrer más o menos en paralelo y la última depende mas de Él que de nosotros, así que le pedimos ayuda en el momento en el que nos damos cuenta de que con solo nuestras fuerzas es imposible alcanzar la meta que nos hemos propuesto: ser lo que somos. Digamos que es un final que pretendemos tener presente desde casi el principio y digo casi porque primero hay que levantarse del estado de conciencia habitual del personaje: levántate y anda.        
             
Dormir.-  Es vivir en el estado de conciencia alienado a las cosas, en el que yo me defino y valoro no sólo por lo que tengo sino por si poseo de manera destacada precisamente aquello que socialmente se considera señal de prestigio, éxito y poder. Estar dormido pone mis capacidades esenciales al servicio de conseguir estos bienes, materiales o psicológicos, y me aparta cada vez más de la realidad esencial que soy.  Es lo que se conoce como estar en pecado. Lo que pasa es que nosotros no le damos una connotación moral de culpabilidad sino más bien intelectual de desorientación. Y no promovemos la represión de este estado sino su observación para descubrir los axiomas erróneos en los que se apoya.

Despertar.- Es ver con evidencia que ya somos y lo que somos, y en consecuencia, que no tenemos que hacer nada especial para llegar a ser. Despertar se consigue poniendo atención a nuestra presencia en la conciencia en lugar de poner toda esta atención en el exterior para quedar bien. Es registrar esta presencia diferenciándola  de lo que pensamos, sentimos y hacemos; constatando que detrás de los pensamientos, sentimientos y actos hay un sujeto constante, siempre presente, idéntico e inmutable que pertenece a otra dimensión. Esto es la conversión, la metanoia: mirar la realidad desde más allá del pensamiento. Y de entrada tiene también una connotación más intelectual que emocional: ser lo que somos y actuar desde esto que somos.

La Providencia.- Nosotros afirmamos que, a pesar de que la sociedad nos ha obligado a sustituir nuestra conciencia por un conjunto de ideas, normas y reglamentos, el Ser esencial se sigue manifestando internamente en nosotros como una demanda de sentido, felicidad y realidad que no puede colmar los éxitos que tenemos. También se manifiesta esta Providencia en forma de dificultades que nos presenta la existencia y que nos obligan a desarrollar los tres aspectos esenciales: Todo está hecho de inteligencia, amor y energía e ignorar alguno de estos tres aspectos nos lleva a tropezar con lo que hemos eludido. Así que consideramos las dificultades como una instrucción y no como una injusticia y además advertimos expresamente contra el peligro de la especialización que nos  lleva a ejercitar exclusivamente aquello que nos da prestigio social.

La Vida.- El Yo esencial es único, eterno e inmutable; vitaliza el cuerpo físico en el nacimiento y se retira de él en la muerte. La vida es eterna, la muerte no es lo contrario de la vida, es lo contrario del nacimiento. El Yo esencial distingue claramente entre si mismo y la forma que está encarnando. Si existe la reencarnación no es la personalidad la que se reencarna así que nos da igual afirmarla que negarla, en cualquier caso estamos en el aquí y el ahora y es a esto que tenemos que responder. No consideramos nuestros actos como un derecho adquirido para obtener ningún premio ni eludir ningún castigo sino como un ejercicio de responsabilidad que nos lleva a vivir de acuerdo con lo que somos. El posible premio o el castigo después de la muerte física tienen la misma naturaleza emocional o mental que las dificultades que tenemos que enfrentar y superar en el plano físico y desde luego son tan temporales como lo es este plano.  
   
El bien y el mal.- Solo Dios Es: yo soy el que soy; solo Dios es real. El sol alumbra a todo el mundo pero si te pones de espaldas a él verás la oscuridad que tú mismo provocas con tu sombra. Sin embargo, la oscuridad no es real, es el nombre que le ponemos a la falta de luz: podemos disolver la oscuridad aportando luz pero no podemos disolver la luz trasportando oscuridad porque la oscuridad solo es un nombre. Claro que si todo está montado para que te pongas de espaldas a la luz, con el pretexto de atender tus responsabilidades familiares, laborales sociales, y religiosas; y basas la vida en el refrán: “primero es la obligación y después la devoción”, es difícil que percibas la luz y que esta te ilumine. Tan difícil que si no fuera por la influencia de lo Superior acabaríamos todos durmiendo sin remedio. Ahí está el papel de la Iglesia, papel que no siempre cumple de manera adecuada porque a veces parece más bien que contribuya a desalentar a la gente que a animarla a descubrir su realidad.

El pecado.- Es la negación de la realidad como consecuencia de ponerle nombre a un estado psicológico deficitario y considerarlo real. El infierno es una explicación del mundo y de la existencia que no soluciona nada. El pecado se basa en un error, en una mentira, por eso cuando se ve la verdad se perdona instantáneamente. De hecho no hay nada que perdonar porque nunca ha habido agravio. La realidad es al margen de nuestros errores y solo requiere que los veamos para que se nos haga evidente el Amor de Dios.