Archivo para el mes abril, 2015

Las prisas y el Trabajo

Lunes, abril 6th, 2015

LAS PRISAS Y EL TRABAJO

En el Trabajo, y en concreto en la tarea de despertar en nuestra vida cotidiana, suele darse una situación muy común, que es la dificultad en despertar cuando tenemos prisa. Si en ese momento suena un despertador, hay un dilema evidente entre atendernos a nosotros o seguir en pos de aquella actividad, a veces tan trascendente como ir a comprar una barra de pan.

Esta dificultad suele superarse tras no pocas semanas o meses de esfuerzo, y aún así de tanto en tanto vuelve a aparecer en determinadas ocasiones con la fuerza suficiente como para, como mínimo, ponernos a prueba.

Quisiera en este artículo constatar algunos mecanismos que tienen lugar a un nivel más bien subconsciente y cuyo conocimiento puede ayudarnos en esta tarea de ser cada vez más nosotros mismos, aunque vayan a cerrar el supermercado.

El primer aspecto que quiero destacar es el carácter redentor, tan falso como arraigado, con el que el personaje suele presentarnos esta premura en llevar a cabo tal o cual tarea. Una redención que, como todas, y por seguir utilizando una terminología religiosa acorde con tiempos de Pascua, toma forma a partir de un “pecado” por resolver, de una vivencia interior determinada que vivimos de forma negativa y que precisa ser reparada, y además serlo de una forma concreta: a través de la consecución pronta de aquello que tenemos entre manos. Si nos fijamos, nos será fácil reconocer en nosotros una sensación, una nota de fondo que se expresa en un abanico que puede abarcar desde una ligera punzada desagradable hasta una angustia severa, y que es la que en un principio nos impele a poner esa tarea por delante de cualquier cosa, y de nosotros.

Esta sensación tiene un gran efecto distorsionador de la realidad, lo cual se hace evidente cuando le preguntamos a la persona ¿qué imagina el personaje que pasará si no atiende a estas prisas? la respuesta que solemos obtener suele ser bastante desproporcionada, como si el hecho de darnos unos pocos segundos para tomar conciencia de nosotros fuera razón suficiente como para que peligrara nuestro puesto laboral por no contestar un mail de forma inmediata, o para perder el amor y el respeto de nuestros seres queridos por no volver pronto a casa con una barra de cuarto integral, por poner sólo dos ejemplos.

Podemos constatar, pues, en esta dinámica una trampa que a poco que sigamos dormidos tiene el poder de atenazarnos, pero que podemos poner en evidencia, a base de desenmascarar tanto esta identificación con las limitaciones del yo-idea que cristaliza en ese malestar punzante que nos impulsa a hacer como, también, la falsa promesa con la que el yo-ideal supuestamente nos salvará de este tormento: si conseguimos tal o cual objetivo todo se arreglará: la angustia cesará, los demás nos valorarán y, por tanto, también podremos hacerlo nosotros.

Por ejemplo, podemos detenernos en esa angustia o malestar y observar qué cuadro dibuja de nosotros: ¿somos unos gandules porque nos hemos quedado más tiempo del debido en cama?, ¿somos unos inmaduros porque hemos dejado volar la imaginación con alguna situación agradable y se nos echa el tiempo encima? ¿somos unos irresponsables porque nos hemos enganchado al televisor viendo una serie o película y ahora esto nos escuece? O, ¿hay algo más? ¿Cual es el origen de esta condena con grilletes que debemos redimir y que la única forma de hacerlo es obtener tal o cual resultado en tal o cual actividad y en tal o cual periodo de tiempo? Y aquí podemos observar otro aspecto reseñable, que es la gran carga social que todos hemos recibido en cuanto al valor de la actividad por la actividad, la loa de una productividad a menudo ciega y, en cierto modo cercana al consumismo, igualmente ciego, que no tiene en cuenta nuestra presencia a la hora de hacer, una presencia que impregnaría de amor y cuidado todo lo que hacemos, y que iría acompañada de la energía y la inteligencia que le da sentido, lucidez y vida. Porque cada cosa que hacemos, despiertos, deviene un diálogo fecundo con el exterior, una realización en sí misma en tanto que nos invita a invertir lo mejor de nosotros en ello, y nos permite disfrutar de este intercambio con la realidad en toda su dimensión. Pero, mal podemos hacer esto si en lugar de recrearnos estamos en juego, si en lugar de actualizar lo que somos en relación con algo necesitamos ansiosamente que ese algo salga de una forma y en un plazo de tiempo determinados. Entonces no hay ningún atisbo de nosotros, sólo la noción de incertidumbre que padecemos al depender del resultado para Ser.


Los amores del personaje

Lunes, abril 6th, 2015

LOS AMORES DEL PERSONAJE

Las capacidades esenciales que somos adoptan formas muy desagradables cuando el personaje las utiliza para sus propósitos. Todos somos conscientes del daño que puede hacer la inteligencia y la energía que somos cuando operan desde los intereses del personaje, pero lo mismo sucede con el amor. Y esas manifestaciones del amor son especialmente desagradables, porque aquello que tiene por finalidad la conciencia de la unidad del Todo se utiliza en contra de unas partes para resaltar otras.

Si atendemos al amor que sentimos por nosotros mismos, podemos constatar como el personaje critica el yo idea para reforzar el yo ideal. Ya me diréis que pérdida de tiempo, como si no fuesen las dos caras de la misma moneda. Pero aquí podéis contemplar el despilfarro de emociones y, en consecuencia de energía, en la tarea absurda de hacer sentir culpable al yo idea por no estar a la altura de los ideales de perfección que defiende el yo ideal. Es una especie de masturbación emocional desagradable, porque todo gira en torno a la presunta bondad del interesado.

Claro que cuando esta clase de emocionalidad se vierte sobre los demás todavía es más desagradable. Una de las actividades emocionales preferidas del personaje es la autocompasión; y para poder auto compadecerse necesita pasarlo muy mal. Así que se dedica a exagerar las dificultades que tiene para poderse ocupar de las heridas que la realidad, supuestamente, le infringe. La realidad nos pone delante los obstáculos que debemos enfrentar porque podemos hacerlo y nos desarrollaremos haciéndolo, pero el personaje se complace en acentuar la idea de ser débiles y estar desamparados para tener ocasión de solicitar el auxilio y la compasión del entorno.

Y a veces, si no consigue el éxito esperado, lo hace acusando de insensibilidad a este entorno: no basta con que él lo pase mal, es preciso que todas las personas que dicen quererlo, compartan su dolor y sufran con él. Y es que el poder que tiene una persona que sufre en un entorno preocupado por ella es enorme: no se puede contradecir ni obligarle a modificar su conducta a alguien que ya está sufriendo tanto.

Pero toda esta compasión, tanto si es propia como ajena, envenena el espíritu y debilita cada vez más. El sujeto afectado por esta dinámica corre el peligro de ser incapaz de desprenderse de su “mal”, porque el “mal” es lo que piensa que le justifica y le da importancia ante los ojos de los demás. Por eso el verdadero amor se demuestra aquí negándole esta compasión e invitando al interesado a despertar y a darse cuenta de que es perfectamente capaz de enfrentar la situación si pone su conciencia en ello. No hay que temer que te acusen de ser insensible porque estás comunicando una buena noticia.

Como dice Blay: el amor profundo puede dar la apariencia de desamor. Sucede cuando no le das cuerda al personaje, cuando atiendes a sus problemas para reforzarlo, no para compadecerlo.

Pero hay otra manifestación todavía peor: cuando el personaje se apoya en lo superior para justificar su falta de interés por las cosas concretas y las personas con nombre y apellido. Sucede cuando en nombre de la unidad se desprecia la multiplicidad o en nombre de la esencia se desprecia la existencia. El Todo siempre incluye, protege y defiende a la parte, ¿cómo podría rechazarla y marginarla si es su parte?

Así que el que tiene más conciencia ha de entender y proteger al que tiene menos; aunque no necesariamente tal como pretende este último.


La relación exterior como medio

Lunes, abril 6th, 2015

LA RELACIÓN EXTERIOR COMO MEDIO

La relación con el mundo exterior es un medio enormemente rico que nos permite desarrollar todas nuestras cualidades positivas; es un medio por el cual yo puedo ejercitar la expresión de mis cualidades positivas, esas cualidades que constituyen mi ser, mi personalidad; es un medio para poderlas ejercitar deliberadamente, sistemáticamente y a todos los niveles.

Porque una de las ventajas que tiene ese camino de relación con el exterior es que me está movilizando los niveles más humanos de mi personalidad: mi vista, mi afecto, mi inteligencia concreta, práctica. Constantemente desde el exterior se me está estimulando a que yo responda desde mi cuerpo, a través de mi afecto y a través de mi mente. Es decir, que utilizo así la gama de lo que es mi personalidad cotidiana precisamente como un medio de desarrollo, y esto ninguno de los demás caminos me lo producen.

Es toda mi personalidad que se enriquece; cuando yo voy viviendo en la dimensión más profunda de la relación humana, entonces mi personalidad se ensancha e incluye cada vez más lo que hay de propio en los demás niveles. Pero, ya de entrada, tiene de por sí esta riqueza que mejora mi personalidad positiva. Es un medio gracias al cual yo puedo enriquecerme con la experiencia de las cualidades, con todo lo positivo que estoy percibiendo y admitiendo del exterior.

Es decir, cuando yo me pongo en contacto con una persona, o simplemente con un paisaje, con cualquier cosa, esta cosa me enriquece, me provoca, me da una noción de formas nuevas, de cualidades nuevas, de modos de sentir y de atributos nuevos; y en la medida que en mí hay no sólo la percepción, sino además una admisión, dichos atributos nuevos pasan a ser míos, se produce una asimilación interior de aquello que yo no solamente percibo, sino que además acepto. Yo entonces empiezo a enriquecerme con la experiencia de los demás; todo se convierte para mí en enriquecimiento, en completamiento de mi campo de conciencia, de mi personalidad.

La relación con el exterior es también un medio para conseguir esa conciencia total de estímulo-respuesta, presión-impresión, yo-él, de manera que se forme un campo único que incluya una cosa y la otra. La relación personal es un medio para que, gracias a esta interrelación vivida de un modo correcto, pueda llegarse a superar este famoso personaje que es el que nos mantiene encerrados bajo llave en su dominio. Gracias a la relación vivida de un modo completo, integral, yo tengo también una puerta abierta a lo intemporal.

 

Texto extraído del libro Caminos de Autorrealización Tomo III, Editorial Cedel. 1983