Archivo para el mes abril, 2014

El deseo (capítulo 3). Cuando el deseo puede ser obstáculo

Viernes, abril 11th, 2014

EL DESEO (CAPÍTULO 3). CUANDO EL DESEO PUEDE SER UN OBSTÁCULO
Textos de Antonio Blay

El deseo hace proyectarme hacia algo porque intuyo que a través de aquel algo yo podré realizar un mayor grado de mi propia identidad, o de mi plenitud, o de mi satisfacción, o de mi claridad mental, o de algo que para mí es importante. Pero el deseo en sí no es realización. El deseo no es nada más que una tensión hacia algo. El deseo es una relación que hay entre yo tal como me vivo ahora y yo tal como me intuyo o espero llegar a ser. El deseo es importante, es fundamental, pero a condición de que llegue a su término. En la medida en que yo aprendo a actualizarlo, a convertirlo en acto, en realidad presente, es positivo; pero es obstáculo en la medida en que yo me acostumbro a vivir en el deseo, y sostengo, mantengo, alimento, este deseo.

El deseo es una relación temporal, transitoria, pero debe ser eminentemente dinámico, algo que me obligue de algún modo a transferirme hacia el objeto del deseo, o a transferir el objeto hacia mi propia realidad actual. Cuando el deseo no hace dinámicamente esta función, cuando se mantiene ahí, como un status, como algo estático dentro, entonces el deseo se convierte en un gran inconveniente, en un gran obstáculo. Encontramos entonces aquellas personas que están viviendo toda la vida sostenidos, identificados, por unos deseos. Y lo mismo es aplicable a los temores, porque deseo y temor son exactamente lo mismo, como decía antes. Deseo es el querer algo; temor es el no querer algo. Todo lo que quiero tiene la contraparte de no querer lo contrario o de no querer que no se realice. Todo temor significa que deseo lo contrario del temor, a la vez que quiero que no se realice lo que temo. Deseo y temor son dos aspectos de una sola cosa; es esta relación entre mi presente tal como lo vivo (en este caso limitado), y un futuro que presiento, que deseo, al que aspiro, como más completo, más real, más mío.


El rigor en el despertar y en los diarios

Viernes, abril 11th, 2014

EL RIGOR EN EL DESPERTAR Y EN LOS DIARIOS
Publicado por Jordi Sapés

Si el Trabajo no incidiera en nuestra conciencia, nos pasaríamos la existencia cazando moscas; dedicándonos a cuestionarnos por un lado y a ensalzarnos por otro, admirando a determinadas personas y criticando a la mayoría, en un vano intento de conseguir un poco de autoestima y seguridad interior.

Por eso tenemos que ser rigurosos y no permitir que el personaje diluya nuestros esfuerzos; porque tener la oportunidad de vivir lo que somos y renunciar a ella para defender un status quo basado en una supuesta debilidad es algo que no tiene calificativo. Y sin embargo esta es la estrategia que siempre ha utilizado el personaje: protestar excusándose en lo mucho que sufre y la cantidad de obligaciones que tiene.

No tenemos más remedio que ser contundentes porque nos enfrentamos a algo que está profundamente enraizado en el subconsciente. Y si no conseguimos superar el vicio de lamentarnos, este camino va a ser otro intento fallido más y una nueva frustración a añadir a las que ya tenemos.Así que una de las obligaciones que tenemos los que dirigimos este Trabajo es hacer lo imposible para no darle al personaje argumentos que le faciliten el sabotaje. Tenemos que ser impecables en las respuestas que damos y recabar que los alumnos actúen con la misma impecabilidad; porque sólo somos maestros en la medida en que la gente que está bajo nuestra tutela cumple las instrucciones que damos. Y rechazamos cualquier clase de admiración que proceda de la estrategia del personaje; cosa que sucede cuando las alabanzas hacia nuestra labor conviven con la idea de que lo que planteamos es de difícil cumplimiento.

Tenemos que aplicar el rigor para enfrentarnos a la idea de que hay miles de motivos que nos impiden despertar. Esta idea presenta el Trabajo como algo extraordinario, algo que supone un esfuerzo que no se puede exigir a una persona normal. El personaje juega a mirar el Trabajo como algo excepcional, cosa que por una parte le permite justificar su renuencia a esforzarse (yo idea) y por otra le otorga el derecho a considerarse por encima de lo ordinario (yo ideal) por el hecho de despertar de tanto en cuando.         

Por eso nuestra lucha se basa en conseguir que, mediante el ejercicio de los despertadores, esto supuestamente tan excepcional, pase a ser ordinario. Y que el hecho de no despertar se convierta en un motivo de preocupación del mismo calibre que supondría una reiterada falta de rigor en la actividad profesional de cada uno. Si alguien nos acusara de falta de rigor profesional nos preocuparíamos de inmediato de una manera activa, no nos refugiaríamos en el lamento y la autocompasión.

También debemos luchar contra la tendencia a buscar circunstancias especiales para experimentar la conciencia; porque la conciencia la necesitamos para la existencia diaria, no para situaciones excepcionales. Y la manera de acrecentar la conciencia en nuestra vida cotidiana es el diario. Si no fuera por el diario, el Trabajo se convertiría rápidamente en una anécdota más de las tantas que habéis registrado en la existencia: cosas de apariencia sublime que no llegaron a concretarse; fenómenos que constituyen la excepción que confirma la regla. Y la regla es que la rutina decide por nosotros, que nos tiene aprisionados; como si la existencia cotidiana no fuera vida y nosotros nos reserváramos para momentos punta.

Insertando profundamente el Trabajo en la vida cotidiana mediante los despertadores y el diario, evitamos que el personaje registre el Trabajo como una tarea más que hay que hacer. Y también que intente administrar y juzgar el Trabajo con sus criterios y en función de sus intereses. Inicialmente el alumno confunde los problemas del personaje con los suyos propios, pero el hecho de registrar los sucesos diarios desde una nueva perspectiva que obliga a mirar sin juzgar, modifica rápidamente la perspectiva que tiene de la existencia al tiempo que se descubre como una realidad per se, independiente de lo que le ocurre.

Y no obstante, es necesario luchar durante mucho tiempo contra la idea de que esto del Trabajo es un lujo que hay que dejar para cuando hayamos atendido todo lo demás. A menudo, después de haber atendido todo lo demás, estamos tan agotados que redactar el diario nos parece una heroicidad.

Aquí viene a cuento la historia de Caín y Abel, que todos conocéis: Abel le ofrecía a Dios el mejor cordero de sus rebaños y su hermano Caín los frutos que había recogido del huerto y estaban un poco tocados. Total que Dios se miraba con mejores ojos a Abel; y Caín cogió celos y lo mató. Esto es lo que puede pasar con el Trabajo si se deja para el último lugar: que no funciona. Pero Dios perdonó a Caín porque de lo contrario nosotros no estaríamos aquí; aunque le obligó a trabajar la tierra.

Se dice que esta historia representa también el conflicto entre las culturas nómadas que se dedicaban al pastoreo, como los judíos, y las de los otros pueblos sedentarios que vivían de la agricultura. Bueno, nosotros pertenecemos a esta segunda porque no somos nómadas sino que cada día contemplamos el mismo panorama, pero tenemos que procurar atender a lo superior cuando estamos más despiertos, no cuando ya no podemos más. Y sobre todo, no decidir que ya lo haremos otro día.


Los estímulos en el Trabajo; contacto y evolución

Viernes, abril 11th, 2014

LOS ESTÍMULOS EN EL TRABAJO; CONTACTO Y EVOLUCIÓN
Publicado por Jordi Calm

Normalmente, suele haber dos grandes motivos para empezar a hacer el Trabajo, por una parte hay personas que en algún momento han visto su vida sacudida por un hecho más o menos extraordinario, que puede ser tanto una alguna experiencia directa con otros niveles de conciencia como también algo más “terrenal”, por ejemplo la pérdida de alguien querido. En el otro extremo están también aquellas personas que, sin que haya sucedido nada especialmente relevante, el simple contacto cotidiano con la realidad genera en ellos un ruido interior, a veces eco de problemas más o menos constatables y a veces no,que les está diciendo, y ellos son capaces de entenderlo, que en esta vida ha de haber algo más de lo que están habitualmente manejando, y que es necesario buscar de alguna manera este algo más.

En cualquier caso, se produce una reacción ante una realidad que nos muestra un estímulo, tenga la naturaleza que tenga, que nos exige una respuesta y una actuación determinada. A medida que vamos haciendo el Trabajo, podemos observar que este carácter reactivo inicial va dando paso a un cambio de actitud muy significativa, y no porque los estímulos que nos llevaron al Trabajo cambien sustancialmente, sino porque cambia nuestro papel en ellos.

Por una parte, este contacto con niveles superiores de conciencia que, en un principio, se pudo presentar de forma abrupta, una vez iniciado el Trabajo rara vez volverá  a presentarse como un evento inesperado, ya que  es algo a lo que dedicamos un tiempo y un esfuerzo, que empieza en el mismo ejercicio de despertar y que sigue con el centramiento, o en el retiro en Oseira. Entonces, y sin tener el control en el nivel de la respuesta que obtenemos, ya somos nosotros lo que vamos al encuentro, y además con un dominio creciente en nuestra capacidad de interacción con estos niveles.

Y, en cuanto al contacto con la realidad cotidiana, el simple paso de un personaje quejoso y victimista a la asunción de un yo-experiencia, sea en el grado que sea, tiene el efecto de transformar la percepción que tenemos de este contacto, y de sus roces. En el artículo de septiembre que se publicó en este mismo apartado hablaba de forma más extensa sobre este punto, y al final proponía que podíamos interpretar algunas de las dificultades que vivíamos como los pellizcos que, en otro nivel, y en tanto partícipes de la conciencia de Dios, nos dábamos a nosotros mismos para despertar y que en ese momento percibíamos, al igual que cuando alguien nos toca mientras dormimos, como motivo de perturbación.

Quisiera destacar la curiosa relación que establecemos con estos dos, podríamos llamarlo así, focos de motivación, porque si bien se nos muestran como algo muy parecido a una escalera sin fin, en la que siempre encontramos un escalón más a dar, estos pasos generan una vivencia que, aunque sea a tramos discontinuos, cada vez se aleja más de la angustia inicial, o de la fatiga de los primeros meses, o años. Blay, en sus cursos de profundización, cuando describía un nivel superior de conciencia siempre mencionaba que llegar ahí era la puerta de acceso a otros niveles, a otras expansiones cada vez más profundas. En cuanto a los “problemas”, o a los “estímulos”, o al “pan nuestro de cada día”, según seamos capaces de ver, es bien verdad que nunca dejan de existir, ni siquiera disminuye su intensidad, pero sí que me parece que todos podemos llegar a afirmar que su percepción, tratamiento y resolución son objeto de una transformación evidente, que va evolucionando de la mano de nuestro desarrollo interior.