Archivo para el mes junio, 2013

La formación de un artista a través del Trabajo Espiritual

Lunes, junio 10th, 2013

LA FORMACIÓN DE UN ARTISTA A TRAVÉS DEL TRABAJO ESPIRITUAL
Publicado por Miquel Cazaña

Llevo nueve años en el Trabajo Espiritual, en la línea de Antonio Blay y con la ayuda de Jordi Sapés. Lo inicié justo cuando estaba terminando los estudios de ilustración y empezaba a buscarme la vida en lo profesional, en el mundo de la ilustración y de la pintura.

Uno de los campos en los que la espiritualidad ha incidido y ha aportado más luz es justamente en mi carrera profesional. Considero absolutamente necesaria la vivencia de lo espiritual para ser operativo en el terreno artístico. De hecho debo reconocer que, en gran medida, es gracias a la espiritualidad y a la ayuda de Jordi Sapés que, en estos momentos, me estoy dedicando a la pintura. Porque sin esta ayuda igual hubiera sucumbido a las llamadas a la “responsabilidad” por parte de un entorno que considera el arte como una apuesta excesivamente aventurada. Pero, el alma, cuando la escuchas, te muestra cuál es tu camino.

En este artículo quisiera explicar toda la nebulosa que he vivido estos años; entendiendo por nebulosa una serie de ideas, juicios y supuestos déficits, que dificultan la experiencia. Y cómo he podido vencer estas dificultades mediante la decisión de hacer de mi trabajo y mi vida diaria una opción personal de servicio a los demás. Vale la pena considerar los  factores que provocan una visión distorsionada del intento:

El primero es el personaje. En los inicios, justamente porque no tienes experiencia profesional, te sientes obligado a demostrar que eres realmente bueno; lo cual se traduce en  expectativas desproporcionadas, muy poco realistas y prácticas. Te crees muy bueno (yo idea) pero temes que tu calidad no sea reconocida por el exterior y esto te obliga a aspirar a ser considerado un genio mundial en la primera exposición que hagas (yo ideal). Cuando esto no sucede, lógicamente, te sientes muy desgraciado y frustrado porque interpretas que nadie se interesa por ti ni por tu trabajo.

A esto le acompaña la idea ampliamente difundida de que sólo hay dos clases de artistas: los millonarios de dinero, prestigio y reconocimiento y los desconocidos que viven en la miseria y el olvido. Y para pertenecer al primer grupo es indispensable que te descubra un mecenas cazatalentos. Lógicamente, el progreso real que haces, no se percibe al lado de esta fantasía. Pero lo peor es que no dependes de ti mismo; dependes completamente de los demás, porque el éxito te lo tienen que dar los demás. Y lo que la mayoría hace, de entrada, cuando explicas que te estás dedicando profesionalmente a pintar es mirarte como un soñador que, a cierta edad, debería sentar la cabeza y hacer algo “más de provecho”.

En el nivel de conciencia del personaje, el éxito está fuera, y tú te consideras el resultado de lo que los demás opinan de ti y de tu trabajo. Deseas que lo acepten y lo alaben porque te identificas con lo que haces y con el impacto que causas. Así que ya nos podemos hacer una idea de lo irritante que puede llegar a ser este oficio desde este nivel de conciencia. Sobre todo porque en el mundillo del personaje  los artistas se despedazan los unos a los otros.  En definitiva, tiende a ser todo muy aéreo; como si habláramos de humo.

Si además eres emocional, es normal que vayas de la impotencia a la euforia, viviendo en un quiero y no puedo, creyéndote un genio pero con dificultades para bajar a la tierra y llevar una vida práctica. Pero es ahí donde tienes que trabajar: siendo práctico y buscando maneras de  hacer viable y visible tus propuestas. Hasta que esto no empieza funcionar, nada se mueve. Y el Trabajo Espiritual es lo que  paradójicamente, te obliga a bajar de las nubes. El Trabajo Espiritual te hace vivir este peregrinaje como un sendero de realización profesional que va ligado a la realización espiritual. Tienes que ir apartando todo lo que es humo: pretensiones, ideas, juicios, fantasías…y substituirlo por propósitos prácticos que se puedan materializar. El resultado es una experiencia cada vez más enriquecedora, tanto para ti como para los demás;  una experiencia que se convierte en una filosofía de vida.

Mi proyecto final de carrera en 2004-2005 fue un primer paso para enfocar la profesión como algo propio que se desarrolla hacia el exterior, hacia lo que ven tus ojos; pero atendiendo una inquietud interior. En este caso, un fenómeno impactante como es el mundo de la inmigración en la ciudad de Barcelona. 

También inicié el Trabajo de compartir mi trabajo personal con la gente: gente que ya conocía y me animó a continuar, que supieron ver el amor que yo sentía por lo que estaba haciendo y me ayudaron a transitar por la realidad material. Y gente que te conoce a raíz de tu obra y también se interesa por ti; gente que vas incorporando en el camino. Al principio los trabajos son esporádicos y la remuneración escasa, porque crees poco en ti y no te atreves a valorar tu obra. Vas combinando el pintar con trabajos ocasionales que nada tienen que ver con el arte, pero que te permiten volver a él con más fuerza.
 
Poco a poco te atreves a hacer propuestas personales: exposiciones, libros de autor. Este es el camino que define a un artista: hacer propuestas propias que enmarcan tu vida y te hacen evolucionar. Así es como he experimentado una verdadera libertad; compatible con las limitaciones económicas iniciales que vas superando con la ilusión de estar desarrollando una vocación que el mundo te agradece y te devuelve en forma de remuneración. Esta vocación es lo que te permite ser austero y paciente y acentúa las ganas de trabajar y evolucionar constantemente. Una evolución que se expresa hacia fuera y se vive hacia dentro, en un viaje que va de la mano de la espiritualidad.  

Para terminar, expongo algunos valores que he ido cultivando estos años.  Creo en ellos porque he comprobado que dan  sentido al trabajo: 

1. Hacer del arte algo cercano a la gente. Exponiendo en lugares públicos o con cierta afluencia de gente (polideportivos, bares, hospitales, centros cívicos, supermercados), buscando que la gente tenga un encuentro espontáneo y fortuito con el arte. Lo mismo hago en redes sociales como Facebook. Es como una galería que llega a todas las casas.

2. Precios asequibles. El precio del arte es muy relativo y el mercado es el que manda; pero cada uno es libre de poner el precio que quiera. Así que he optado por unos precios asequibles para todos y que a mí me permiten una difusión continuada. Me hace muy feliz que todo el que lo desee pueda gozar de un original.

3. Trabajo constante. Trabajando espiritualmente, así como pincel en mano, sin prisa pero sin pausa, para que la evolución y los descubrimientos sean constantes.

4. Hacer las obras a conciencia y con toda la conciencia. Procurando estar cada vez más disponible para ser un canalizador de algo esencial que se expresa a través de mí.


La identificación

Lunes, junio 10th, 2013

LA IDENTIFICACIÓN

Llamamos identificación al fenómeno de crispación o de limitación mental, y de proyección de toda nuestra noción de realidad en el objeto que vivimos en aquel momento. Identificarse es por lo tanto confundir la propia realidad con la realidad de un fenómeno interno o externo.

Por ejemplo, si cuando estoy en el cine sigo con interés una película que me resulta muy interesante, todas las vicisitudes del héroe o de la heroína producirán en mí una gran sensación hasta el punto de emocionarme, conmoverme, animarme o exaltarme, y es porque vivo aquellas escenas con un verismo, con una realidad que me hace olvidar por unos instantes mi propia realidad. Precisamente cuando la olvido es cuando más me emociono, cuando más intensamente reacciono ante una película bien hecha. Pero, ¿qué ocurre en esos instantes en que sólo percibo lo que veo en la pantalla, en que estoy contento, alegre o asustado, según se desenvuelva el argumento? Sencillamente que he olvidado mi noción de realidad, y aunque sigo teniéndola no la vivo como mía sino que se la doy al personaje con el que me identifico. Confundo mi noción de realidad con la suya. Estoy literalmente hipnotizado por aquella imagen, por el personaje que representa, y toda mi noción de realidad en vez de vivirla como mía, la vivo como perteneciendo a él. Yo, en aquel instante, creo ser él.

No siempre se da esta identificación absoluta. Pero recuérdense Vds. mismos en el cine y traten de averiguar cuánto rato han estado conscientes de ustedes mismos durante la proyección de una película: ¿cuánto tiempo ha estado consciente de que estaba en el cine, de que había gente alrededor? Verán que, si la película está bien hecha, ocurre un doble fenómeno: el de completo olvido de sí mismo y del ambiente inmediato, y simultáneamente un sumergirse totalmente en la pantalla, en las imágenes que nos apasionan.

Este fenómeno es una identificación. Identificación que es el producto de una mente estrecha y que no vive en profundidad, antes por el contrario lo que hay en lo profundo, la realidad, la energía interior- la proyecta hacia fuera, la vive como si perteneciera al exterior.

El fenómeno de la identificación es una manifestación fundamental de nuestro infantilismo. Y el factor básico de esta identificación es otra identificación: la que todos tenemos con la idea y noción de nosotros mismos. ¿Cómo me identifico yo conmigo mismo? ¿Acaso no soy yo el mismo? Hablo de la identificación que establecemos con nuestra idea e imagen de nosotros mismos. Pero, ¿es que no puedo identificarme con mi idea de mí mismo? Lo que sucede es que no me doy cuenta de que tengo una idea de mí mismo y ahí está precisamente la identificación. Creo que yo soy eso que pienso. Si no estuviera identificado, vería que tengo una idea, pero precisamente debido a la identificación no me doy cuenta de que tengo una idea a la que estoy agarrado y crispado y que me vivo absolutamente todo yo según esa idea. Si automáticamente me crispo y me agarro a multitud de ideas según sean favorables o no al contenido de mi idea del yo, es porque estoy fundamentalmente agarrado a esta idea del yo. O sea, que yo no vivo directamente mi realidad vital, mi realidad central, energética, espiritual, de donde brotan mis impulsos de un modo puro, auténtico, espontáneo. Mi mente se ha acostumbrado a quedar centrada sobre la idea que me he formado de mí, porque esta idea es la que me sirve de barrera y a la vez de tamiz para relacionarme con el mundo y dejar entrar y salir sólo lo que me convenga.

Publicado por Jordi Calm
Extracto del libro Plenitud en la vida cotidiana. Editorial Cedel, 1981.


El Trabajo en la vida cotidiana

Lunes, junio 10th, 2013

EL TRABAJO EN LA VIDA COTIDIANA
Publicado por Nicolás Cabezas

Hace unos cuatro años que inicié la andadura por el Trabajo. No por una situación de crisis sino por  “casualidad”; y, cómo no, debido al interés del personaje por ser “más y mejor”.

Di los primeros pasos y durante más de un año, por el “desierto” de identificar el personaje y la dificultad de notar mi presencia. El simple gesto de darme cuenta me traía de cabeza.

Supongo que la perseverancia me ayudó a constatar pequeños síntomas de algo que podía parecerse al famoso “despertar”. Y en paralelo, empecé a tomar conciencia de que, pese a no tener grandes preocupaciones, me sentía incompleto y me agotaba en un continuo intento por perfeccionarme. Era agotador constatar que nunca pasaba lo que tenía que pasar y que la gente no eran como tenían que ser.

En esta época tenía un encargo profesional comunitario de cierta importancia. Los últimos veinticinco años, salvo alguna estancia en el extranjero, los he dedicado a la administración local, concretamente al ámbito de la participación ciudadana:  calle, gente, problemas, soluciones, ….. y también formación, conocimiento de la administración y  descubrimiento de quienes participábamos en esta tarea.

Antes de llegar al Trabajo, entendía la realidad como algo complejo, que se podía analizar y diagnosticar desde diferentes perspectivas para, finalmente, actuar. Eso es lo que hacemos en la administración. Pero esta realidad, cambia por completo si, en vez de mirarla  desde la perspectiva del personaje, la ves desde la conciencia. Verla despierto ha sido algo progresivo conforme profundizaba en el Trabajo; y ha sido un regalo de la vida.

Levantarse, dar gracias a lo Superior por el nuevo día, por el sustento, por la posibilidad de participar en todo lo que sucede, de sentir el amor que me rodea y que vivo en la interrelación con el Todo, a través de las personas y las cosas que se encuentran conmigo: mi familia, mis compañeros y compañeras de trabajo, la gente del barrio, los políticos… experiencias que me permiten actualizar lo que soy y crecer personalmente. El hecho es que esta labor profesional ha supuesto un reconocimiento a nivel estatal.

Pero se acabó el proyecto y llegaron los recortes. Muy valorado, pero de vuelta a los despachos y con el sueldo recortado. Y aquí es donde lo Superior me puso a prueba y encontré la ayuda del Trabajo. El personaje intentó recuperar su terreno aduciendo que la economía familiar se quedaba temblando y que a mí me trataban como un viejo dinosaurio. Pero conseguí no caer en la disputa y el agravio y convertir la situación en una nueva oportunidad.
 
El resultado es que actualmente estoy interviniendo en ámbitos que permiten un debate y una actuación sobre la propia administración. Se habla de cambio de era, de nuevo paradigma, de organizar la administración como un ser vivo que hay que atender; para que los que trabajamos en ella nos sintamos a gusto y podamos dar lo mejor de nosotros a la ciudadanía que atendemos. Es llevar  la espiritualidad a cada rincón. A veces con prudencia, para no asustar; pero otras así de claro. Y todo desde mi nuevo puesto de trabajo. Estoy ganado en serenidad, en seguridad; conociendo gente  y pisando terrenos que nunca me había imaginado que tendría a mi alcance.

También estoy iniciando una aventura relacionada con hombre igualitarios, promoviendo un grupo de hombres que actúen desde otro paradigma de la masculinidad. Esto me obliga a estar muy activo y muy despierto, alejándome de la inhibición y la parálisis que siempre justifica el personaje. Adoptando un protagonismo consciente y corriendo riesgos que el personaje no me permitiría.

Este es mi día a día con el Trabajo.

 

Autor: Nicolás Cabezas


Coger el sujeto y olvidar el objeto. Coger el objeto y olvidar el sujeto

Lunes, junio 10th, 2013

COGER EL SUJETO Y OLVIDAR EL OBJETO. COJER EL OBJETO Y OLVIDAR EL SUJETO

Desde un punto de vista práctico, ¿qué es lo más importante: la conciencia de mi o la conciencia de lo que tengo que hacer?, ¿el sujeto o el objeto?

Depende. A veces tengo que prestar más atención a  mi  realidad personal y a veces tengo que prestársela a lo que tengo delante.

¿Cómo podemos diferenciar ambas circunstancias? Pues es bastante fácil: tenemos que ver a qué cosa le estamos dando mayor importancia. Si lo que nos interesa es nuestro prestigio individual, nuestra valoración, nuestra fama y nuestro poder personal, tenemos que prestarnos atención a nosotros mismos por encima de cualquier otra cosa. En cambio, si lo que nos interesa es perfeccionar  lo que tenemos delante, llevar a cabo un proyecto, colaborar en un movimiento social, etc. entonces deberemos prestar la máxima atención posible a esta labor y dejarnos a nosotros mismos en un segundo plano.

Si reflexionamos y somos honestos con  nosotros mismos, cada uno verá en qué está más interesado. Como decía Gurdjieff: vale mas ser temporalmente egoísta que eternamente injusto; o sea que preocuparse por uno mismo no es ningún delito. Puedo preocuparme por mi porque necesito liberarme del personaje, porque necesito reforzar mi yo experiencia, porque siento el llamado del yo esencial que me pide tiempo para el centramiento o la meditación o porque he descubierto mi vocación y estoy reestructurando toda mi existencia. No hay nada de malo en ello. Lo único que se me puede pedir es que lo haga a conciencia.

Igual que se me requiere conciencia cuando el propósito es trasformar la realidad con mi acción personal. Si alguien piensa que puede trasformar algo cumpliendo estrictamente lo que la sociedad le exige, está muy equivocado. Todo el mundo conoce el refrán que dice: el que hace lo que puede no está obligado a más; pero en el Trabajo defendemos que, haciendo solo lo que uno puede, nadie se mueve de sitio, porque vive prisionero de sus limitaciones. Así que para modificar algo es preciso hacer mucho más esfuerzo del que se requiere para mantener las cosas tal como están. 

Lo que es fatal es invertir los esfuerzos en un ámbito con el fin de mejorar el otro. Por ejemplo:  intentar ganar prestigio y valoración a base de destacar públicamente o renunciar a ser uno mismo a cambio de poder político, económico o social. En ambos casos la acción está desvirtuada y en vez de fortalecer los ámbitos elegidos, los perjudica. Tanto el que se pretende reforzar como, por descontado, el que se ha optado por subordinar o ignorar.

Cada vez que nos sentimos mal retribuidos por lo que hacemos, no solo en dinero, sino en reconocimiento y prestigio, es señal de que nos tenemos que prestar más atención a nosotros mismos y reforzar nuestro yo experiencia. Porque de lo contrario, tampoco vamos a dar a los demás aquello que necesitan; lo que haremos será apoyar sus déficits para que ellos nos ayuden en los nuestros. Así que los esfuerzos que hagamos no van a solucionar nada y dejarán insatisfecho a todo el mundo.

La acción real que transforma nuestro entorno sólo se puede hacer cuando nos sentimos lo suficiente seguros de nosotros mismos como para prescindir de cualquier clase de retorno. Y eso no significa que los demás nos tengan sin cuidado, significa todo lo contrario.   


Yo idea, yo ideal: el personaje

Lunes, junio 10th, 2013

YO IDEA, YO IDEAL: EL PERSONAJE

Fragmento del libro Ser: Curso de psicología de la autorrealización (Editorial ÍNDIGO):

Podemos decir que el niño, de un modo natural, es un potencial de energía, de inteligencia y de amor-felicidad. Él es intrínsecamente eso, es lo que es su identidad como individuo, y su existencia es ir actualizando eso en forma concreta, a través de lo físico, de lo afectivo y de lo emocional concreto.

Pero recibe del exterior el impacto de una exigencia, de un modelo de ser: “tú has de ser de esa manera, amable, obediente, estudioso, cuidadoso, listo, etc.”, y se le condiciona; los mayores condicionan su afecto y la valoración del niño al cumplimiento de ese modelo.

Fijaos que, de por sí, este modelo no tiene nada que ver con el niño, es un modelo totalmente externo, extraño, que se superpone a la mente y a lo que es la naturaleza del niño. El niño trata de cumplir el modelo y entonces los mayores le juzgan, y le juzgan de acuerdo con su cumplimiento o no de ese modelo: “eres bueno, eres malo, eres tonto, eres listo, eres obediente, eres descarado, etc”. Fijaos que este juicio es un juicio que se está haciendo en relación con ese modelo que se le ha impuesto.

O sea, primero, imposición del modelo que es tan ajeno al niño como el nombre que se le da, y segundo, se le juzga en virtud de su obediencia o no a ese modelo. Y entonces al niño no se le dice: “tú has hecho algo que no deberías haber hecho”, o “tú has hecho una acción torpe”, no. Se le dice “tú eres torpe”, “tú eres mal educado” o “tú eres tonto”. No se juzga el acto que haya hecho en relación con el modelo, se le juzga a él por el acto. O sea que se le está dando al niño una definición de él que no tiene nada que ver con él, por que se le juzga en relación con un modelo que es totalmente ajeno a él. Modelo que puede ser muy conveniente, pero que no es él.

Entonces al niño se le está diciendo: “tú eres eso, tú eres lo otro” y, claro, la actitud afectiva de los mayores hacia el niño depende de ese juicio: “si eres bueno te quiero, te sonrío, te doy caramelos, te satisfago tus caprichos, y si eres malo te quedas sin postre, o no te quiero”, o lo que sea.

Por lo tanto al niño se le va imponiendo la idea de que él es ese niño bueno o malo. Se le está imponiendo una idea, un concepto de sí mismo y se le dice que ese concepto es él.

El niño que ve que todo el mundo funciona así, que todo el mundo coincide, pues no tiene más remedio que aceptar eso porque no tiene criterio, no tiene sentido crítico propio, por lo tanto el niño acepta que “yo soy”: Antonio, niño, torpe, etc. Es decir que se forma uno la idea de sí mismo de acuerdo con este juicio que ha recibido del exterior: “yo soy Antonio”, pero Antonio es un nombre que me ha venido de fuera, que no tiene nada que ver conmigo, y “soy un niño torpe”; soy torpe porque yo debiera ser muy hábil según me dicen y porque soy torpe me critican, me rechazan o, por el contrario si soy listo me quieren, me satisfacen unos deseos, me protegen. Y así se le va imponiendo al niño una idea de sí mismo que no tiene, en sí, nada que ver con el niño mismo.