Archivo para el mes enero, 2013

La evolución de los niveles de conciencia

Jueves, enero 31st, 2013

LA EVOLUCIÓN DE LOS NIVELES DE CONCIENCIA

Si observamos la vida del ser humano como un proceso psicológico evolutivo, vemos que nuestro punto de partida se basa, en general, en la idea que tenemos de nosotros. Esta idea que tenemos de nosotros (el yo-idea) hace que «funcionemos» de un modo determinado: y este «modo» constituye nuestro modo de ser. Esta idea básica, en su funcionamiento, se convierte en un núcleo, actúa como un núcleo respecto al modo de ser.

Pero a medida que la persona va madurando, va descubriendo progresivamente la relatividad de este yo-idea y de este modo de ser, y va viviendo más la profundidad de su yo-experiencia. Entonces, gracias a que se desidentifica del yo-idea y de que vive más el yo-experiencia, éste manifiesta su condición de eje central y se convierte en un nuevo núcleo. En consecuencia, se puede soltar la identificación con el modo de ser, con el yo personal, y se hace posible ir aceptando a los demás con sus otras (y diferentes) formas y modos de ser, los cuales antes se veían con recelo, temor o desconfianza. Entonces, las otras formas dejan de ser problema, dejan de ser enemigos de los que defenderse.

Así se va adquiriendo un sentido de hermandad, o de grupo, o un sentido social; se vive un ensanchamiento del «campo», podría decirse, hasta que llega un momento en que uno se da cuenta de que esta nueva unidad más grande que se forma también tiene un núcleo. Este es un núcleo nuevo, el de un yo-superior (social). Entonces uno percibe las cosas desde este sentido nuevo de aceptación, de hermandad, ve que los demás, las personas, la naturaleza, son también modos de su conciencia. Esta visión que nos conduce a este nuevo centro, el cual es el común denominador de todo este universo individual (pero más expandido), desarrolla entonces una conciencia participativa con todos los demás, formándose así una nueva unidad mucho más amplia.

Pero esta nueva unidad tiene también su propio núcleo o centro superior, y cuando la persona asume completamente este núcleo se siente, se vive, como Yo superior. Luego, a partir de ahí, podrá abrirse a una conciencia aún superior: la conciencia del universo en sí. Entonces descubrirá que el universo en si a la vez tiene un nuevo centro, al cual llamamos la Mente divina, el Ser Supremo, etcétera.

Eso, como vemos, desde el punto de vista evolutivo funciona en un sentido jerárquico, en el cual, siempre, para pasar a una inclusión en un nuevo conjunto, a una unidad o campo más grande, primero la persona ha de centrarse en el núcleo del campo anterior. Es gracias a este centramiento que la persona pierde su identificación y crispación con el campo anterior. Entonces, al sentirse núcleo, es capaz de «soltar», y eso le da libertad para relacionarse con otros campos mayores, a la vez que desarrolla una nueva conciencia de totalidad que también produce su propio centro (o núcleo de esta totalidad). O sea que la cosa funciona como un proceso, como algo sucesivo: campo-núcleo, campo-núcleo, etc.; pero cada vez este campo-núcleo va ascendiendo.

Extracto del libro: Plenitud en la vida cotidiana. Editorial Cedel


El Amor en el Trabajo

Jueves, enero 31st, 2013

EL AMOR EN EL TRABAJO

Es importante asumir que el raciocinio nunca nos va a despertar. Nuestra razón puede hilvanar una serie de argumentos con una gran precisión y presentar unas conclusiones aparentemente irrefutables. Pero aun y estando plenamente de acuerdo con ellas, puede que no nos movamos ni un ápice del lugar en el que nos encontramos. Por eso leemos y escuchamos tantas verdades que no hacen mella alguna en nuestra vida habitual.   

Este es uno de los obstáculos más grandes que nos encontramos en el Trabajo: entender las razones del Trabajo es algo indispensable, pero el solo hecho de entenderlas no sirve para gran cosa. Por eso el evangelio se manifiesta superando la razón y presentándonos  situaciones aparentemente absurdas: el pastor que ha extraviado una oveja deja a las otras 99 y se va en busca de esta oveja perdida. Desde un punto de vista racional, está loco; pero es que las 99 ya las tiene, y en cambio la otra es la que le falta para tenerlo todo. El pastor no se conforma con tantas ovejas, las quiere todas.

Así que el Trabajo se ha de apoyar en la pasión; y los que transmitimos el Trabajo hemos de ser capaces de conseguir que la gente se apasione por él. Si no alcanzamos a ofrecer algo que tenga más arrastre que las ilusiones del personaje, tenemos las de perder.

A menudo decimos: el personaje está hecho de inteligencia, pero es una inteligencia que se apoya en un error y eso nos hace desgraciados. Muy bien, de acuerdo, pero tengamos presente que a veces  preferimos sentirnos desgraciados a no sentir nada. Por eso es importante captar el amor que hay en las ilusiones, frustraciones, ánimos y desánimos del personaje.

No vale decir: cuando estés en un estado superior de conciencia serás feliz y mientras tanto abstente de buscar la felicidad. No es eso. El pensamiento es capaz de proyectarse en el futuro pero el amor no. El amor actual solo está dispuesto a retirarse si, a cambio, se le ofrece un gozo superior al contado, ahora mismo. Por eso tenemos que huir de toda forma que relacione el Trabajo con la moral represiva de los amargados y los resentidos.

Si la persona quiere brillar, démosle una oportunidad  de hacerlo; si quiere ser feliz indiquémosle una manera mejor de conseguirlo; si quiere sentirse poderosa digámosle cómo esforzarse para obtener resultados reales. Ahora, no en un futuro,  no el día en que consiga estar despierta todo el tiempo. Las emociones que sentimos son una forma del amor que somos, el error está en creer que nos vienen de fuera, pero eso no es motivo para desecharlas ni reprimirlas sino para prestarles atención y descubrir su naturaleza real.

Como dice San Agustín: ama y haz lo que quieras, porque si amas seguro que no harás daño a nadie. El problema no es amar, es que amamos poco; no es vivir, es que nos limitamos por miedo a consumirnos. Y así es como acabamos: consumiéndonos en la autolimitación y el miedo.

Si algo tiene el Trabajo, es que lo exige todo; no se puede “trabajar” los miércoles y los viernes de 7 a 9. No se le pueden regatear esfuerzos al Trabajo, porque el Trabajo es la Vida experimentada a tope, de una manera apasionada. Si alguien busca compasión en el Trabajo ha de saber que el tipo de compasión que ofrecemos es este darlo todo, este compartir lo que somos y lo que vivimos, tanto si se considera socialmente “positivo” como “negativo”.      


El Trabajo y la educación de los hijos

Jueves, enero 31st, 2013

EL TRABAJO Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Publicado por Jordi Calm

A menudo, en charlas y cursos surge de parte de los asistentes un tema que va volviéndose recurrente y que podríamos resumir como sigue: de qué forma podemos evitar en nuestros hijos la génesis de este personaje que tanto condiciona en la actualidad nuestras vidas. Nuestra respuesta  suele ser que, de entrada, las explicaciones que damos son básicamente para que los asistentes al curso entiendan su propio personaje.

También comentamos que la clave para relacionarse de forma efectiva con sus hijos es hacerlos en un nivel de conciencia despierto, donde todo lo que explicamos en el curso pueda hacerse evidente y, por tanto, también se pueda ver con claridad cual es su papel como padres en cada momento; finalmente, resaltamos también que pretender “salvar” a nuestros hijos de tener un personaje es una idea cercana a la utopía, al estar inmersos en un caldo de cultivo social en el que todo empujará al niño a luchar por una felicidad, que se supondrá externa, en base a destacar de algún modo, y a no hacerse ver de otro.

Sin embargo, y con una cierta independencia del grado de madurez al que hayamos llegado en nuestro desarrollo interior, hay en principio algunas realidades o principios que, entiendo, pueden ser  asumidas y/o compartidas cualquier persona que pretenda profundizar en su conciencia, o simplemente ser un buen progenitor.  A modo de ejemplo, os propongo la siguiente.

La realidad esencial del niño como un potencial inmenso que toma forma en tres ámbitos concretos: energía, amor e inteligencia, es algo que se muestra con evidencia a los ojos de  cualquier padre: la actividad casi incesante es una característica consustancial en los primeros años de la infancia, al igual que la curiosidad innata y las ganas de jugar y relacionarse con todo el mundo.  Por otra parte, que toda manifestación de estas capacidades surge de un fondo sustancialmente positivo es una sensación, si no certeza, que todo el mundo que ha tenido a su cuidado a un niño de corta edad ha experimentado. Así pues, si estas capacidades del niño brotan de un fondo con un potencial inmenso y eminentemente positivo, es fácil colegir que la existencia de una inadecuación entre la respuesta del niño y lo que el modelo social o moral le exige en un momento dado, lejos de dar fe de un defecto consustancial al niño es más bien reflejo de la necesidad de una mayor expresión de tal o cual virtud positiva existente en él. Si, estemos en el Trabajo o no, somos capaces de ver la situación bajo esta óptica, y actuar en consecuencia, conseguiremos, de una manera natural, dar al niño la oportunidad de desarrollar su naturaleza esencial, en lugar de crearle una sensación de limitación o, con el paso del tiempo, un complejo.

Una de las muchas consecuencias que podemos sacar de esta línea de razonamiento es que esta realidad no atañe sólo a nuestros hijos, si no a todos los niños, incluso al que le ha quitado el juguete, o al que le acaba de dar una patada en la espinilla. Esto, que a lo mejor ya no nos despierta tantas simpatías de entrada, es igual de cierto que lo anterior y, por su dificultad, un buen estímulo para nuestro progreso.