Archivo para el mes diciembre, 2012

El Trabajo de aflorar el Yo Esencial

Lunes, diciembre 3rd, 2012

EL TRABAJO DE AFLORAR EL YO ESENCIAL
Publicado por Rosa Bachs

La experiencia de Oseira ofrece una panorámica del proceso que se ha intentado seguir. Esta experiencia no sólo recoge el momento vivido en el Monasterio, sino todos los pasos dados previamente en la asimilación de los textos preparatorios, así  como el bagaje que cada uno  lleva desarrollando a través del centramiento y del despertar en la vida cotidiana. Sin esta base de trabajo que requiere la actitud despierta del potencial que somos,  y el correlativo ejercicio de las capacidades inherentes a éste en la vida diaria, se tendría más dificultad en asimilar los textos preparatorios. Estos ayudan a enfocar la atención para concentrarla y profundizar en la experiencia esencial.Así  esos textos no tendrían sentido si no pudieran fertilizar  la tierra ya trabajada, valga la metáfora,  puesto que se quedarían en ideas necesarias para una guía interior, pero  no irían más allá de los conceptos o creencias.

Si nos fijamos,  todos los sucesos de vida y los esfuerzos por trasladarlos al Trabajo,  sin dejarse  arrastrar por la inercia, han ido confluyendo  para su consagración en  la Experiencia  del Monasterio.  Una vez en éste, hay que desprenderse de todo  y situarse en el sentir, en  la percepción,  y dejar el pensamiento quieto, inoperante.  Es decir,  sin expectativas  de nada en particular. Si no podemos soltar las expectativas  y  las consiguientes comparaciones,  quedamos  abocados  al peligro de que la conducción la haga el yo ideal.  Es evidente que el yo ideal va ampliando  su perspectiva, y en ella incluye alcanzar lo sublime en lo espiritual.  Otro peligro consiste  en los  problemas  personales.  Cuando estamos  muy  identificados  con ellos,  absorben la atención y acotan la libertad perceptiva. Para ello hay un remedio.  Si no ha dado tiempo de trabajar a fondo la identificación,  debemos entregar el problema a Dios con la confianza de que El que sabe todo y está  en todo, nos orientará en su justo momento. O sea pasar página y dejarla en blanco para que pueda  penetrar  la luz esencial.  Esta asunción puede producir mucha inseguridad al personaje que desea resolver sus  problemas  de inmediato y a toda costa.  Por ello, la confianza es básica y es la que permite que el pensamiento no domine la experiencia,  y que la atención quede libre para centrarse en la Realidad Superior.

Así pues,  en este proceso podemos observar tres fases:

Fase preparatoria:   Reconocimiento de la identidad esencial  y su protagonismo en la  cotidianidad.  Lectura y asimilación de textos sobre lo Superior.

Fase de Observación interior:   La observación de los entresijos del personaje con el yo idea que piensa cosas parecidas a no podré tener una experiencia importante porque no estoy a la altura,  y el yo ideal  que  quiere que la experiencia sea sublime pero a la vez inalcanzable para salvaguardar al yo idea.  Otra  proyección del personaje consiste en pensar que el  ámbito del retiro no puede ofrecer lo que anhela. La mente que prejuzga,  puede catalogarlo de conocido (pasado/futuro) y presumir  lo que va a pasar. 

Fase de Vacío:   El vaciado de pensamientos que  hemos observado y entregado a Dios. Si confiamos en El y logramos esta receptividad,  desaparece lo irreal y nos hallamos preparados para recibir al espíritu, a lo real.

Como hemos vivido, la experiencia espiritual  tiene muchos matices.  Puede ser muy potente o profunda o bien de  una suavidad sutil, una caricia del  espíritu.   Destellos de realidad,  de substancia,  luz,  consistencia,  evidencia,  verdad,  comunión…   La experiencia queda abierta a las aportaciones de cada uno en el encuentro con la verdadera Vida.


Respecto a la palabra Dios

Lunes, diciembre 3rd, 2012

RESPECTO A LA PALABRA DIOS

Yo utilizo la palabra Dios. Sé que hoy en día resulta anacrónico hablar de Dios, y especialmente mencionar la palabra Dios. Esto se debe a varias cosas. En primer lugar, la mentalidad general va adquiriendo un tono cada vez más, si no materialista, por lo menos sensorialista. También porque la idea que en general se tenía hasta ahora de Dios ha quedado trastornada por los nuevos conceptos, tanto de la ciencia como, por otro lado, de la misma teología. Asimismo porque las asociaciones emocionales e intelectuales que despierta esta palabra son rechazadas a veces por la persona adulta, porque no encajan con los valores que ella vive en tanto que persona adulta. Y entonces se produce como una especie de incomodidad, y se rechaza en bloque todo lo que parece que va ligado a esa idea de Dios.

Esa idea de Dios lleva aparejada una cierta rigidez, unas ciertas obligaciones, unas estructuras teóricas, unos deberes morales o moralizantes, etc. Incluso dentro de las mismas corrientes de espiritualidad, se nota, desde hace algún tiempo, un cambio; un cambio en el sentido de una espiritualidad no fundamentada ya en un Dios como Ser Trascendente, sino orientada más bien hacia una dimensión inmediatamente horizontal, es decir hacia una labor social. Y, aunque la mayor parte de las personas siguen teniendo la intuición de que existe algo detrás de las cosas, sin embargo, en virtud de la confusión exterior, de la contradicción de ideas, de la dificultad que parece existir en el mundo para aclararse, esta creencia o intuición de que existe un Ser Superior queda, de hecho, como algo pobre, como algo inefectivo, inoperante, en la vida real de las personas.

Cuando yo hablo de Dios, me refiero no a la idea de Dios, no a ningún concepto de Dios, sino a algo que hay detrás de toda la multiplicidad, de todo lo fenoménico, detrás de las apariencias. Es algo que se intuye como Realidad en Sí, como base primordial de todas las cosas. Para mí, no sólo las cosas se están haciendo, se están estructurando, se están desarrollando interna y externamente, sino que hay algo que preexiste a ese desarrollo, a esa actualización o manifestación. Respecto a esta Realidad Trascendente -que es una realidad esencialmente viva, y, por lo tanto, no una categoría puramente teórica o intelectual- aunque, por definición, no podemos tener una idea de lo que es en sí, al menos podemos conocer algunos de sus rasgos, algunas de las características que necesariamente ha de tener. Para mí, ese Dios es, a la vez, personal e impersonal; es inmanente y es trascendente.

(Podemos sustituir la palabra Dios por cualquier otra palabra mientras sea representativa, significativa, mientras señale a esa Base, a esa Realidad en Sí. Esto ya es una cuestión individual: cada uno debe buscar una palabra que no despierte antagonismos en sus asociaciones emocionales en lo personal).

Dios es personal

Digo, pues, que Dios, para mí, tiene esa naturaleza personal, aunque esto pueda parecer chocante para muchas personas. Yo, en principio, concibo, intuyo al Ser Superior como teniendo todas las características que nosotros percibimos dentro de lo que existe. Pues bien, una de estas características y valores dentro de lo que existe es el valor de la personalidad, en el sentido de constituir una unidad de voluntad, una unidad de inteligencia, una unidad de acción. En este sentido considero que el Ser Trascendente es personal. Para mí, el Ser Trascendente es la Persona única, la Persona Absoluta, de la que todas las cosas son expresión. Para mí, ese ser personal es el verdadero, el único sujeto, el Yo Absoluto.

Entonces, todo lo que existe, el Universo en pleno, es Su personalidad, Su manifestación, Sus vehículos y formas de autoexpresión. Para mí, toda la existencia es una autoexpresión del Ser en Sí (en un sentido muy parecido a lo que podemos concebir en el hombre: una realidad en sí, una realidad central, que es lo que intuimos con el nombre de Yo, y, luego, una múltiple expresión de este yo, a través de la personalidad, desde su mente, su afectividad, su capacidad de asimilación o de reacción respecto al entorno en que vive).

Dios es impersonal

Para mí, Dios es impersonal en el sentido de que está más allá de las limitaciones de la persona, en el concepto habitual de la palabra persona. Tiene un carácter absoluto respecto a todo y, por lo tanto, podemos verlo también como Base Esencial, como Principio Primordial, como Realidad Total.

Dios es inmanente

Dios es inmanente en el sentido de que está en la base, en el centro de todo lo que existe, de que en el fondo es la Realidad en Sí de todo lo que es, sin distinción de personas, o de reinos -mineral, vegetal, etc.-. Todo lo que existe es, en su centro, esta realidad, por el mismo concepto que he dicho anteriormente de que todo lo que existe es la autoexpresión, o la personalidad, del Ser en Sí. Por lo tanto, la última realidad central de todo lo que existe es el Ser. El último sujeto, el único sujeto central detrás de todas las convenciones y todas las estructuras relativas, es el Ser, Dios.

Dios es trascendente

Es trascendente en el sentido de que todo lo que existe, toda la creación de la cual El es el sujeto, de la cual El es el autor o protagonista, no afecta sustancialmente a su propia identidad. El es idéntico a sí mismo, sin depender para nada de su acción, de su manifestación. Y, en este sentido, lo podemos intuir, al mismo tiempo, como trascendente e inmanente.

Extracto del libro Conciencia, Existencia y Realización. Editorial INDIGO


Acerca del fin del mundo

Lunes, diciembre 3rd, 2012

ACERCA DEL FÍN DEL MUNDO

Todos habréis oído hablar de la enésima predicción del fin del mundo. Esta vez está previsto para el solsticio del 21 de diciembre del año en curso. Parece ser que en estas fechas, el  Sol se va a alinear con el centro de la galaxia, cosa que viene ocurriendo cada año durante el mes de diciembre.

El sentido común ya nos dice que el universo no puede terminar ahora, porque sería un final absurdo: un desperdicio colosal de energía y un fracaso absoluto de la conciencia y de la humanidad. O sea que la lógica de las cosas indica que tenemos mundo para rato. No obstante quizás estemos asistiendo al principio del fin de una determinada manera de interpretarlo que está agotada pero todavía puede persistir unos cuantos años. 

Ojalá que termine este modelo de sociedad en el que las dificultades se “arreglan” a base de despedir trabajadores de las empresas; expulsar familias de sus hogares, dejar a los disminuidos al albur de las circunstancias familiares y aumentar los impuestos a la población para pagar más intereses a los poderosos. Ojalá que finalice un sistema económico que aparece como una gran estafa a la vista de todos.  Primero nos invitaron a gastar todo el crédito que ellos nos daban y, de repente, lo han restringido hasta el punto de impedirnos trabajar. Ojalá que acabe el conformismo y la pasividad con la que aceptamos esta situación; porque parece como si nos hubieran robado el alma y nos hubiéramos quedado petrificados escuchando que no hay alternativas.

Así que el mundo no se va acabar, pero el sistema, que es algo de menor tamaño, puede que sí. Y hay otra cosa, todavía más pequeña en tamaño pero grande en importancia, que puede desaparecer del todo el próximo 21 de diciembre: nuestra alienación personal, este bloqueo que nos impide mirar, ver lo que hay y obrar en consecuencia, proponiendo un cambio radical en la forma de producir y distribuir la riqueza y en las pautas sociales que posibilitan decidir cómo hacerlo. 

Esta oportunidad la tenemos cada año por estas fechas. Son fechas que nos predisponen a buscar dentro de nosotros algo real y sólido en lo que apoyar nuestra existencia y el sentido de la vida. Este es el significado de la Navidad: que durante estos días somos capaces de vislumbrar más de lo habitual nuestra naturaleza espiritual, simbolizada por el nacimiento de Jesús. Estaría bien que nos preocupáramos por recordar a nuestros hijos el significado de la Navidad  y la Epifanía (los Reyes Magos), símbolos que nos hacen vislumbrar goces superiores. Lo cual no impide que celebremos el cambio de año con ritos paganos, si nos apetece.

Lo que sí deberíamos evitar estos días, es sumergir a nuestros hijos en montañas de juguetes, la mayoría de los cuales constituyen una ofensa a su creatividad y desarrollo personal. Ojalá la crisis sirva para disminuir la imagen de “cuerno de la abundancia” que les “regalamos” y que golpea sus mentes indefensas. Ahí tenemos la ocasión de diferenciar entre el amor que sentimos por nosotros mismos siendo tan generosos y el amor por ellos que requiere una mayor responsabilidad por nuestra parte.

Los Reyes Magos no solo le ofrecieron oro al niño Jesús; también le dieron incienso, reconocimiento de su realidad espiritual y mirra, augurio del esfuerzo que tendría que hacer para expresarla. Si nosotros fuéramos más respetuosos con nuestra tradiciones y las transmitiéramos adecuadamente, a lo mejor nuestros hijos no se encontrarían  cazando moscas de mayores y llegarían con mayor facilidad al Trabajo espiritual. Así que si el mundo que se acaba es este mundo del derroche en lo superfluo mientras se ignora y desatiende lo fundamental, bienvenido sea este final.